martes, 26 de marzo de 2019

PEDRO




Mientras Pedro y Juan estaban aún hablando, los sacerdotes (jefes de los sacerdotes), el jefe de la guardia del Templo (el sacerdote siguiente en rango al sumo sacerdote), que mandaba la guardia del Templo, formada por levitas escogidos, y un grupo de sus partidarios saduceos, fueron y les echaron mano de forma súbita e inesperada. Como señala el versículo 3, ya era tarde (alrededor de la caída del sol), y como el milagro tuvo lugar alrededor de las 3 p.m-, Pedro y Juan habían estado habiéndole a la multitud unas tres horas. Sin duda alguna, les explicaron más el evangelio completo, y es probable que tuvieran tiempo para responder las preguntas que les hacían desde la multitud.
El Arresto De Pedro Y De Juan (4:1-4)
Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos. Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde- Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.
El sumo sacerdote era saduceo, como muchos de los sacerdotes de Jerusalén. Se proclamaban religiosos, pero no aceptaban las tradiciones de los fariseos, ni consideraban que los libros profetices del Antiguo Testamento o los Escritos (la tercera división del canon hebreo) estuvieran en el mismo nivel que la Ley (la Torah, el Pentateuco). También negaban la existencia de ángeles y espíritus y decían que no había resurrección (Hechos 23:8; Mateo 22:23).
No estaban muy entusiasmados con el milagro, pero estaban resentidos de que hubiera una multitud tan grande alrededor de Pedro y Juan. Estaban resentidos (molestos, muy perturbados, profundamente enojados) porque los apóstoles anunciaran (proclamaran) en Jesús la resurrección de entre los muertos.
Pedro estaba predicando a un Jesús resucitado, y ellos entendían que esto servía de evidencia a la realidad de la resurrección de todos los creyentes. Como esta enseñanza iba contra su doctrina, los saduceos sentían que no la podían tolerar.
Por tanto, les echaron mano a Pedro y a Juan (los arrestaron) y los tiraron a la cárcel hasta el día siguiente. Era de noche ya, muy tarde para reunir al Sanedrín. Pero también era demasiado tarde para impedir que el Evangelio surtiera su efecto. Muchos de los que oyeron la Palabra, creyeron. Podemos estar seguros de que fueron bautizados en agua muy pronto (probablemente al día siguiente), y también en el Espíritu Santo. Se nos da un número de cerca de cinco mil hombres. El griego se podría traducir como "se convirtieron en cerca de cinco mil", por lo que algunos consideran que esto quiere decir que el número total de los creyentes era ahora de cinco mil. Pero la forma en que aparece aquí indica que el número era tan grande que sólo contaron los hombres. Debe haber habido también un gran número de mujeres que creyeron. Hechos 3:9 dice que todo el pueblo vio al hombre lisiado, y 4:1, 2 indica que le estaban enseñando a todo el pueblo, tanto a hombres como a mujeres.
Se ve con claridad que, aunque los funcionarios ya no se sentían indiferentes ante lo que los apóstoles estaban haciendo, aún eran tenidos en gran estima por el pueblo.
Ante El Tribunal (4:5-12)
Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, y el sumo sacerdote Anas, y Caifás Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?
Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel; Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
Al día siguiente los gobernantes (los ejecutivos o miembros oficiales del Sanedrín, que era el Senado y Corte Suprema de los judíos), los ancianos y los escribas (maestros de la Ley, expertos en la Ley) que estaban en Jerusalén, tuvieron una reunión. Con ellos se unieron específicamente Anas, Caifás, Juan, Alejandro, y todos los demás parientes del sumo sacerdote que estaban en la ciudad en aquel momento.
Aquí se llama sumo sacerdote a Anas. Oficialmente, fue sumo sacerdote desde el año 6 hasta el 15 d.C. Entonces fue nombrado su hijo Jonatán por unos tres años. Después fue hecho sumo sacerdote oficial Caifás, yerno de Anas (18-36 d.C). Pero Anas siguió siendo el verdadero poder detrás del trono. El pueblo no había aceptado que los romanos lo depusieran, y todavía lo consideraba como el verdadero sumo sacerdote. En el Antiguo Testamento, Aarón había sido nombrado sumo sacerdote de por vida. La Ley no especificaba que los gobernantes seculares pudieran cambiar esto. Por consiguiente, Jesús fue llevado primero a la casa de Anas (Juan 18:13), y después a la de Caifás (quien es probable que ocupara una parte del mismo edificio, junto al mismo patio). Anas y Caifás, junto con algunos familiares más de Anas, formaban en realidad una estrecha corporación que controlaba el Templo.
Es posible que el Juan que se menciona fuera Jonatán, el hijo de Anas. Alejandro debe haber sido uno de los dirigentes de los saduceos.
Hicieron que Pedro y Juan se pusieran de pie en medio del tribunal que se había reunido, que era básicamente el mismo que había condenado a Jesús. (Su lugar de reunión, según Josefo, se encontraba al oeste de la zona del Templo.) Entonces comenzaron su interrogatorio preguntándoles con qué (qué clase) de potestad (dynamis, gran poder) o ¿en qué nombre (esto es, con qué autoridad) habéis hecho vosotros (plural) esto?
La expresión "qué potestad" es usada aquí en forma derogatoria. Estaban tratando de asustar a los discípulos, o incluso espantarlos. Quizá recordaran la forma en que habían huido llenos de miedo cuando Jesús había sido arrestado. El versículo 13 señala que sentían desprecio por ellos, porque no habían sido instruidos en sus escuelas.
Era cierto. Pedro se había rebajado ante una doncella en el patio cuando aquel mismo grupo se hallaba reunido en torno a Jesús. Pero ahora las cosas eran diferentes. Cuando comenzó a hablar, fue lleno del Espíritu Santo. La forma del verbo griego indica aquí una nueva llenura. Esto no significa que hubiera perdido nada del poder y la presencia del Espíritu que había recibido en el día de Pentecostés. En vista de las presiones de aquella situación crítica, el Señor simplemente había aumentado su capacidad y le había dado esta nueva plenitud para satisfacer esta nueva necesidad de poder para testificar.
Aquí podemos ver también una aplicación práctica de las instrucciones y la promesa de Jesús que aparecen en Mateo 10:19, 20 y Lucas 21:12-15. No debían meditar sobre lo que habrían de hablar; el Espíritu de su Padre Celestial hablaría en ellos y por ellos. De esta manera, en lugar de tratar de defenderse a sí mismos, el Espíritu haría de sus palabras un testimonio. Podemos tener la seguridad de que Pedro y Juan durmieron tranquilamente la noche anterior, y se levantaron renovados.
Pedro, lleno nuevamente del Espíritu, no dejó que los líderes judíos lo amedrentaran. Tal como Pablo le diría a Timoteo (2 Timoteo 1:7), Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (una mente que manifiesta autodisciplina). Con cortesía, Pedro se dirigió a los miembros del concilio llamándoles gobernantes (miembros oficiales del Sanedrín) y ancianos. Después, en forma muy correcta, les dijo que si estaban haciendo un examen judicial con respecto a la buena obra hecha a favor de un ser humano débil, para saber de qué manera había sido (y seguía estando) sano (salvado, restaurado), entonces él tenía la respuesta.
A continuación, Pedro proclamó que en (por) el nombre de Jesús, a quien ellos habían crucificado, y Dios había levantado de entre los muertos, por (en) El aquel hombre estaba en presencia de ellos sano (plenamente restaurado en su salud). ¡Qué contraste tan notable hace Pedro entre lo que aquellos gobernantes le habían hecho a Jesús, y lo que Dios le había hecho!
Entonces citó un pasaje que aquellos mismos jefes de los sacerdotes y ancianos habían oído de Jesús anteriormente. En una ocasión habían retado la autoridad de Jesús para enseñar. El les respondió con parábolas y citó después el Salmo 118:22. (Vea Mateo 21:23, 42, 45; 1 Pedro 2:7) Sin embargo, Pedro lo hace personal. Este (enfático) es la piedra reprobada (ignorada, despreciada) por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (esto es, porque ha sido exaltado a la derecha del Padre). Después Pedro explica lo que significa esto. En ningún otro hay salvación (la salvación que ellos esperaban que trajera el Mesías no se halla en ningún otro), porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres (seres humanos) en que podamos ser salvos." Podamos" es una palabra enfática. Si no encontramos salvación a través del nombre (la Persona) de Jesús, nunca la encontraremos.
De esta forma, la sanidad del hombre cojo sirvió de testimonio de que Jesús es el único Salvador. Los líderes judíos no creían que Jesús sirviera para nada; sin embargo. Dios lo había elevado a un valor único y supremo. En Él, como lo muestra también el capítulo 53 de Isaías, está la salvación prometida. Sólo hay una salvación; sólo un camino (Hebreos 10:12-22). Nunca habrá otro Mesías enviado por Dios, ni tampoco otro Salvador.
Muchos han afirmado ser mesías o salvadores; muchos han presentado otros caminos de salvación. Pero todos ellos se hallan en oposición a nuestro Señor Jesucristo. Sólo tenemos una decisión que hacer cuando nos enfrentamos a las afirmaciones de Cristo: podemos aceptarlo o rechazarlo. Otros caminos que quizá parezcan derechos, sólo pueden conducir a la destrucción (Proverbios 14:12; Mateo 7:13).
No es popular ser tan exclusivista. La mayoría de los no creyentes que no son ateos quisieran pensar que hay muchas maneras de encontrar a Dios. Algunas sectas hasta tratan de combinar lo que ellos suponen que hay de bueno en diversas religiones. Pero todo esto es en vano. Dios ha rechazado todos los demás caminos. Sólo en Cristo hay esperanza. Esto es lo que pone la pesada responsabilidad de la
Gran Comisión sobre nuestros hombros. Si hubiera alguna otra forma de salvarse, nos podríamos permitir tomar las cosas con calma. Pero no hay esperanza para nadie lejos de la salvación por medio de Cristo.
Pedro Y Juan Hablan Valientemente (4:13-22)
Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.
Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad, tenia más de cuarenta años.
Los sacerdotes y ancianos se maravillaban (se asombraban) al ver el denuedo (libertad para hablar) de Pedro y Juan, especialmente porque se daban cuenta de que eran hombres sin letras (sin instrucción, en el sentido de no haber asistido a una escuela rabínica, ni haberse sentado ante un gran rabí como Gamaliel) y del vulgo (hombres no profesionales, laicos). Esto no quiere decir que fueran personas totalmente iletradas. Ellos habían asistido a las escuelas de la sinagoga en sus pueblos natales, pero no eran maestros profesionales, ni conferencistas entrenados, como los escribas y los doctores. Los laicos de ordinario no hablaban con esa autoridad.
Debe haber sido difícil para Pedro y Juan enfrentarse a semejante presunción. Pero la clave de su denuedo y su libertad para hablar era, por supuesto, que habían sido llenos del Espíritu nuevamente. El fue quien les dio las palabras que debían decir.
Entonces, algo más estremeció a estos líderes judíos. La expresión "les reconocían" no significa que les hacían más preguntas. El griego significa más bien simplemente que fueron reconociendo de forma gradual que habían estado con Jesús. Quizá las palabras de Pedro les trajeran a la memoria lo que Jesús había dicho. A medida que pensaban en su enfrentamiento con Jesús, iban recordando que El tenía discípulos consigo. Ahora reconocían que Pedro y Juan se hallaban entre ellos.
Jesús también había hablado con autoridad. Deben haber estado asombrados, porque creían que se librarían de Jesús crucificándolo. Pero ahora los discípulos, entrenados por El, hablaban de la misma forma. Jesús había hecho milagros como señales. Ahora los apóstoles estaban haciendo lo mismo.
A continuación, los ancianos se enfrentaron con algo más. El hombre que había sido sanado se hallaba allí de pie, junto a Pedro y a Juan. De pronto, los sacerdotes y los ancianos se hallaron sin nada más que decir. ¿Qué podían decir contra un milagro así?
Entonces los dirigentes les ordenaron a Pedro y a Juan que saliesen del concilio (el Sanedrín), esto es, del cuarto donde se estaban reuniendo. Después los líderes del Sanedrín conferenciaban entre sí. No sabían qué hacer con Pedro y Juan. No podían negar que una señal manifiesta (una obra reconocida como sobrenatural) había sido hecha por (a través de) ellos, y se hallaba ante la vista de todos los habitantes de Jerusalén.
Esto podría implicar que ellos no negaban la resurrección de Jesús. Lo que les molestaba era el hecho de que los apóstoles la estuvieran usando para enseñar que había una resurrección futura para todos los creyentes. Anteriormente, para salir de este problema, habían sobornado a los soldados para que dijeran que el cuerpo de Jesús había sido robado (Mateo 28:12, 13). Aún hoy hay algunos que discuten que las mujeres y los discípulos fueron a mirar a una tumba equivocada. Pero las mujeres se habían fijado bien en dónde colocaban a Jesús (Lucas 23:55). En realidad, estos dirigentes judíos no eran tontos ni tenían nada de simples. Sabían lo difícil que es deshacerse de un cuerpo. Por lo tanto, hubieran realizado una búsqueda intensiva del cuerpo si no hubieran sabido que El había resucitado de entre los muertos. Pero para ser salvo hace falta más que creer con la cabeza o aceptar mentalmente la verdad de la resurrección de Cristo (Romanos 10:9, 10).
Puesto que no tenían forma lógica de replicarles a Pedro y a Juan, decidieron que el mejor curso de acción era suprimir su enseñanza sobre Jesús y la resurrección. Sabían que no podrían sobornar a los discípulos. Por consiguiente, los amenazarían para que no hablasen más en este nombre (basados en él) a nadie.
Cuando hicieron regresar al cuarto a Pedro y a Juan, les ordenaron que no hablaran (no abrieran la boca ni dijeran una sola palabra) en ninguna manera o enseñaran en el nombre de Jesús. Pero estas amenazas no intimidaron a los dos apóstoles. Cortés, pero firmemente, volvieron a poner en ellos la responsabilidad: les pidieron a los dirigentes judíos que juzgaran (o decidieran) si era justo delante de Dios oírlos a ellos y no a El. Entonces declararon valientemente que no podían dejar de hablar sobre lo que habían visto y oído.
Los miembros del Sanedrín querían encontrar alguna forma de castigar a Pedro y a Juan. De hecho, lo que se sugiere es que trataron por todos los medios. Pero no pudieron por causa del pueblo. Todos estaban glorificando a Dios por lo que se había hecho, especialmente porque este hombre que había nacido lisiado, ya tenía más de cuarenta años. Debido a esto, se limitaron a añadir más amenazas a sus advertencias anteriores y los dejaron ir.
Esto fue un gran error por parte de ellos, porque le hizo saber al pueblo que Dios podía librar del Sanedrín. Dio a conocer que los dirigentes judíos no tenían acusación que hacerles a estos apóstoles, ni tenían forma alguna de refutar su mensaje.
Un Denuedo Renovado (4:23-31)
Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de David tu siervo dijiste:
¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo.
Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. Y ahora. Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu Santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con denuedo la palabra de Dios.
Tan pronto como fueron dejados en libertad, Pedro y Juan regresaron a los suyos (los creyentes que estaban reunidos, y seguramente estaban orando por ellos). Allí relataron todo lo que el sumo sacerdote y los ancianos les habían dicho, sin callarse nada.
Ellos reaccionaron alzando su voz (aquí voz es singular, con lo que se indica que oraron al unísono) unánimes, con un mismo propósito, en oración a Dios. Sin embargo, es probable que la oración que recoge aquí la Biblia haya sido hecha por uno de ellos que actuara como vocero de todos.
Podemos aprender mucho de esta oración. En primer lugar, como es el caso de la mayoría de las oraciones de la Biblia, reconocieron quién es Dios. Se dirigieron a El cómo Señor (una palabra distinta de la usada en los demás lugares de la Biblia, que significa Dueño, Propietario, Soberano). Después reconocieron que sólo El es Dios, el Creador del universo y de todo lo que hay en él.
A continuación, fundaron su petición en la Palabra inspirada de Dios hablada por el Espíritu por medio de la boca de David. También la mayoría de las oraciones de la Biblia se fundamentan en la Palabra de Dios que ya ha sido dicha. En el Salmo 2:1, 2, vieron Palabra del Señor que se había cumplido en la oposición de estos líderes judíos. El salmo habla de los paganos (la naciones, los gentiles) que se amotinan, y los pueblos (plural) que piensan (planean, elaboran) cosas vanas (vacías, tontas, ineficaces). Los reyes de la tierra y sus príncipes que se reúnen contra el Señor y su Cristo (su Mesías, su Ungido) son también gentiles. De esta manera, esta oración inspirada por el Espíritu reconocía que los dirigentes judíos se hallaban en la misma categoría que las naciones extranjeras que siempre se estaban amotinando, puesto que siempre estaban conspirando contra Dios y contra Jesús. Hay un precedente para esto en los profetas del Antiguo Testamento, que algunas veces usaron la palabra goi (gentil) para Israel, porque se había apartado de Dios.
Herodes (Herodes Antipas), Pilato, los gentiles y el pueblo (pueblos) de Israel, se habían reunido realmente (en forma hostil) contra Jesús, el santo Hijo de Dios. Como anteriormente, santo Hijo significa el Siervo dedicado y consagrado del Señor (como en Isaías 52:13 a 53:12). Sin embargo, sólo podían hacer lo que la mano de Dios (esto es, el poder de Dios) y su consejo habían determinado antes (limitado de antemano) que sucediera. A pesar de esto, eran responsables de sus obras, porque habían decidido realizarlas libremente.
En tercer lugar, los creyentes fundaron su petición en lo que Dios había hecho a través de Jesús. La mano de Dios tenía dominio sobre la situación cuando permitió la muerte de Jesús. El era verdaderamente el Siervo de Dios que había realizado la voluntad divina a favor de ellos. Podían ahora acercarse a Dios fundándose en lo que había sido cumplido a cabalidad a través de su muerte y resurrección (1 Corintios 1:23, 24; 3:11; 2 Corintios 1:20).
Su petición era que el Señor mirara ahora las amenazas del Sanedrín y les diera a sus siervos (esclavos) oportunidades para seguir hablando su Palabra con todo denuedo (y libertad de palabra). Es probable que se sintieran menos seguros ahora, después de haberse marchado del tribunal, que cuando estaban allí; por eso sentirían que necesitaban un denuedo renovado. Aun después de una victoria espiritual, es posible que Satanás nos insinúe que somos tontos; necesitamos orar para que nuestro valor siga en pie. También Abraham sintió temor durante la noche que siguió a su valiente testimonio ante el rey de Sodoma; Dios llegó a tranquilizarlo y darle nueva seguridad (Génesis 15:1).
¿Qué oportunidades tendrían? La sanidad del hombre cojo sólo era el principio. Habría muchas oportunidades más que Dios les proporcionaría al extender su mano para realizar sanidades, señales y prodigios que serían hechos por medio del nombre de su santo Hijo (siervo) Jesús.10
De esta forma oraron pidiendo valor para seguir haciendo lo mismo que había provocado su arresto y las amenazas del Sanedrín. No querían los milagros por ellos mismos, sin embargo, sino como oportunidades para predicar el Evangelio y como señales para que el pueblo reconociera que era cierto que Jesús había resucitado de entre los muertos.
Después de que ellos oraron, el lugar donde estaban reunidos fue sacudido (por el Espíritu, y no por un terremoto), lo cual señala un poderoso acto de Dios. Al mismo tiempo, todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo, y en su poder, todos siguieron hablando la Palabra de Dios con denuedo (y libertad de palabra). Esta obra del Espíritu fue tan grande como los milagros.
El texto griego señala de nuevo que fueron llenos del Espíritu. Algunos escritores discuten que sólo los nuevos convertidos (los cinco mil mencionados en 4:4) fueron llenos en este momento. Pero el griego no permite sostener esto. Todos los creyentes, incluso los apóstoles, recibieron esta nueva plenitud para poder enfrentarse a la necesidad continua que tenían y a las presiones que se ejercían sobre ellos. El Espíritu Santo llena de nuevo repetidas veces a los creyentes todos, como parte de las cosas maravillosas que Dios tiene dispuestas para ellos.
Abundante Gracia (4:32-37)
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad. Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es. Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.   
El número de creyentes era cada vez mayor, y seguían teniendo un corazón y un alma. Esto es, formaban una comunidad de creyentes que estaban unánimes, con unidad de pensamiento, de intenciones y de deseos. Ninguno de ellos decía: "Lo que tengo es mío, y tengo miedo de que lo pueda necesitar." En cambio, sentían amor y responsabilidad los unos por los otros, y compartían todas las cosas. Dios satisfacía sus necesidades, y ellos creían que El lo seguiría haciendo. La misma actitud que había surgido después de que habían sido llenos del Espíritu por primera vez en el día de Pentecostés, seguía prevaleciendo (Hechos 2:44, 45). Tampoco ahora se obligaba a nadie. Lo compartían todo, simplemente como expresión de su amor y su unidad de pensamiento y de corazón en el cuerpo único de Cristo. (Compare con Calatas 6:10.)"
Al mismo tiempo, los apóstoles seguían dando testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Pero la obra del Espíritu no estaba limitada a los apóstoles, porque abundante gracia era sobre todos los creyentes.
El versículo 34 muestra cómo se expresaba esta gracia. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que eran dueños de tierras o de casas, las estaban vendiendo, e iban trayendo el precio de lo que vendían. Aquí el texto griego no quiere decir que todos vendieran sus propiedades inmediatamente. Más bien, que de vez en cuando se hacía esto, a medida que el Señor les llamaba la atención sobre las necesidades. Entonces ponían el dinero a los pies de los apóstoles (y bajo su autoridad), y ellos distribuían a cada uno en proporción a su necesidad.
Después de esta afirmación general. Lucas nos da un ejemplo específico, escogido porque les sirve de fondo a los sucesos con los que comienza el capítulo siguiente.
José, a quien los apóstoles le habían puesto el sobrenombre (le habían dado el nombre adicional) de Bernabé, vendió un campo, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.
No queda en claro si se le dio este nombre por lo que hizo en aquel momento, o por sus obras anteriores. Por lo que vemos posteriormente en Bernabé, tenía una personalidad que cuadraba en el significado de ese sobrenombre, "hijo de consolación" (o de exhortación, de ánimo). La expresión "Hijo" era usada con frecuencia en hebreo y en arameo para señalar el carácter o la naturaleza de una persona. El nombre Bernabé se deriva probablemente de una frase aramea que significa "hijo de la profería o de la exhortación". Tuvo éxito. Nunca se le vuelve a llamar José.
Bernabé era un levita de Chipre, la gran isla que se halla frente a la costa sur del Asia Menor. Fue un buen ejemplo de los que se preocupan por los creyentes necesitados, y también de mayordomía cristiana.
6.
Comentario a Hechos de los Apóstoles
Capítulo 05
Con el ejemplo de Bernabé ante ellos, dos miembros de la comunidad de creyentes conspiraron para conseguir el mismo tipo de atención que se le daba a él. Aquí se indica claramente que eran creyentes que gozaban de las bendiciones de Dios. Sabían lo que era ser llenos del Espíritu. Escuchaban la enseñanza de los apóstoles, veían los milagros y compartían la comunión.
Es evidente que estaban algo celosos de Bernabé, especialmente porque no era oriundo de la ciudad. De manera que ellos también, como había hecho él, vendieron una tierra, una parcela de terreno. Pero en todo lo demás, lo que hicieron contrastaba fuertemente con lo hecho por él.
Un Rápido Juicio (5:1-10)
"Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías; ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?
Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.
Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido".
Ananías se guardó para sí parte del precio. Safira lo sabía, y por tanto estaba de acuerdo con él y era igualmente culpable. Después, trajo parte de él y la puso a los pies de los apóstoles, dando la impresión de que había hecho lo mismo que Bernabé.
Pedro, actuando como representante y vocero de los doce apóstoles, supo de inmediato lo que había hecho. No tenía espías que le reportaran las cosas, pero tenía al Espíritu Santo. Quizá esto le fuera revelado a través de uno de los dones de revelación, como la Palabra de Sabiduría o la Palabra de Ciencia.
Le preguntó a Ananías por qué Satanás (el Satanás, el Adversario) había llenado su corazón para que le mintiese al Espíritu Santo y se guardara para sí parte del precio del campo. La pregunta "¿Por qué?" llama la atención sobre el hecho de que su acción era voluntaria; no había excusa para lo que habían hecho. Antes de venderlo, había seguido siendo suyo, y no los estaban obligando a venderlo. Después de venderlo, todavía se hallaba en su poder (autoridad). No había nada que los obligara a darlo todo. Lo que él había concebido en su corazón era una mentira, no para engañar a los hombres, sino a Dios.
Satanás se hallaba detrás de lo que hicieron Ananías y Safira. Parece que a causa de su celo, falta de fe y amor por el dinero, el Espíritu del Señor había sido contristado, y ellos estaban en malas relaciones con Dios. Estas cosas no sucedieron de un día para otro. Pero en el instante en que habían conspirado juntos. Satanás había llenado sus corazones (su ser interior entero) y no había lugar para que el Espíritu Santo permaneciera allí.
Podían haber resistido a Satanás (Santiago 4:7). Pero dejaron que el orgullo, el amor propio y el amor al dinero los poseyeran. El amor al dinero es la raíz de todos (todas las clases de) males (1 Timoteo 6:10). O sea, que una vez que el amor al dinero toma posesión de una persona, no hay mal que no pueda o no esté dispuesta a hacer. Cuando es el amor al dinero lo que la controla, una persona hace cosas que de otra manera nunca hubiera hecho, incluyendo el asesinato y todas las demás clases de pecado. También se ve claramente que si una persona está llena de amor al dinero, no puede amar a Dios (Mateo 6:24).
Guardarse parte del precio de la heredad era también una señal de falta de fe y de confianza plena en Dios. Posiblemente tenían temor de que la Iglesia se desplomara, y pensaban que era mejor que guardaran una buena parte en caso de que esto sucediera.
También se ve claro que al mentirle al Espíritu Santo, que era el que guiaba a la Iglesia, a los creyentes y a los apóstoles, le estaban mintiendo a Dios. Esta comparación de los versículos 3 y 4 hace ver con claridad que el Espíritu Santo es una Persona divina.
Mientras Ananías todavía estaba oyendo a Pedro, "cayó y expiró". Esto es, exhaló el último suspiro. Esto podrá parecer un castigo muy severo. Ciertamente lo fue. Pero Dios realizó este juicio al principio de la historia de la Iglesia, para que la Iglesia supiera lo que El piensa de la falta de fe, la codicia y la hipocresía egoísta que le miente a El mismo. (Vea 1 Pedro 4:17.) En los tiempos de los comienzos. Dios es más severo con frecuencia. Cuando los hijos de Aarón ofrecieron fuego extraño (extranjero, pagano) ante el Señor, salió fuego del Santo de los Santos y los quemó (Levítico 10:1, 2). Después de aquello, el pueblo fue más cuidadoso al acercarse a Dios, en cuanto a la forma en que El quería que se hicieran las cosas.
Cuando Israel entró por primera vez en la tierra prometida, Acán fue tomado como ejemplo (Josué 7). El primer intento de David para trasladar el arca, fue usando una carreta, como lo habían hecho los filisteos. Hubo una muerte a consecuencia de ello. La segunda vez, tuvo buen cuidado de transportarla a hombros de los levitas, como Dios lo había ordenado.
Debemos destacar también que la mentira de Ananías era premeditada. Cuando él murió, vino un gran temor (terror y espanto) sobre todos los que lo oyeron. Sabían ahora que el Espíritu Santo tenía gran poder. El es ciertamente santo, y no da buenos resultados mentirle. No hay duda de que aquello evitó que otros cometieran el mismo tipo de pecado.
No se esperaba mucho tiempo para enterrar a las personas en aquellos días. Según las costumbres, los jóvenes4 lo envolvieron rápidamente en una sábana de lino, lo sacaron de la dudad y lo enterraron.
Unas tres horas más tarde entró Safira, sin saber lo que le había sucedido a su esposo. Es evidente que iba en busca de elogios y alabanza. Pedro respondió a sus miradas inquisitivas preguntándole si ella y su esposo habían vendido la tierra por la cantidad que él había traído. Así le estaba dando una oportunidad para confesar la verdad. Pero ella mintió también.
Pedro fue igualmente severo con ella. Su pregunta indicaba claramente que sabía que ella y su esposo se habían puesto de acuerdo para tentar al Espíritu Santo (ponerlo a prueba). Deliberadamente, estaban tratando de ver lo lejos que podían llegar en su desobediencia sin provocar la ira de Dios. (Compare con Éxodo 17:2; Números 15:30, 31; Deuteronomio 6:16; Lucas 4:12.)
Entonces Pedro le llamó la atención sobre los pies de los jóvenes que entraban por la puerta y regresaban de enterrar a su esposo. Ellos la llevarían a ella también. De esta forma, por el mismo tipo de milagro de juicio divino, Safira cayó de inmediato a los pies de Pedro y expiró. Entonces llegaron los jóvenes, la encontraron muerta, la sacaron y la enterraron junto a Ananías. (Es probable que los pusieran en un nicho dentro de una tumba, ya fuera en una cueva o en una tumba cavada en el costado de una colina.)
Purificada y Creciente (5:11-16)
"Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas. Y por la mano de los apóstoles se hadan muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos, mas el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados".
Una vez más se insiste en que un gran temor vino sobre toda la Iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas. Pero el temor era un temor santo, y no dividió a la Iglesia ni fue obstáculo para la obra de Dios. Algunas personas tienen la idea de que debemos rebajar las exigencias de Dios para que la Iglesia pueda progresar en el mundo de hoy. Sin embargo, esto nunca ha sido cierto. La Iglesia siempre se ha fortalecido cuando ha logrado tener visión de la santidad de Dios.
Los apóstoles continuaron llenos del Espíritu y de poder y haciendo muchas señales milagrosas y prodigios sobrenaturales. Estos milagros nunca fueron hechos por exhibición. Al contrario, todos servían para mostrar la verdad del Evangelio y el hecho de que Jesús tenía interés en los suyos y en sus necesidades.
La Iglesia también continuó unánime, reuniéndose diariamente a las horas de oración en el pórtico de Salomón en el Templo (y probablemente llenando también el patio del Templo que se hallaba junto a ella). El temor que había surgido a consecuencia de la muerte de Ananías y Safira, afectó también a los no creyentes, de tal manera que ninguno de ellos se atrevía a juntarse con ellos. Esto es, los no creyentes no se atrevían a mezclarse con la muchedumbre de los creyentes y fingir que eran del grupo (quizá por curiosidad o quizá en la esperanza de recibir parte de las bendiciones).
Sin embargo, esto no significa que el crecimiento de la Iglesia se hiciera más lento. Cuando el pueblo vio cómo Dios trataba el pecado en medio de los creyentes, se dio cuenta de que la Iglesia toda estaba agradando a Dios y tenía altas normas de honradez y justicia. Por esto la alababa grandemente. El resultado cierto fue que se añadían cada vez más creyentes al Señor (al Señor Jesús, y no sólo a la Iglesia como cuerpo externo), gran número (multitud) tanto de hombres como de mujeres. Se ha sugerido que el número de creyentes era superior a los diez mil en aquellos momentos.
Como los creyentes confiaban en el Señor, traían a los enfermos (entre ellos los lisiados, los cojos y los débiles), los sacaban a las calles (a las calles anchas o a las plazas públicas) y los ponían en camas (reclinatorios, literas) y (lechos colchones, mantas), para que cuando Pedro pasase, al menos su sombra cubriera a algunos de ellos. Es decir, creían que el Señor honraría la fe de Pedro y la de ellos, aun si Pedro no podía detenerse para imponer manos sobre cada uno de ellos.
La noticia de lo que Dios estaba haciendo se corrió por los poblados circundantes de la Judea. Pronto, debido a su fe recién descubierta, comenzó a llegar una multitud procedente de aquellos poblados, trayendo a los enfermos (aquí se incluyen los enfermos, los débiles, los cojos y los lisiados) y a los atormentados (vejados, molestados) de espíritus inmundos.7 Probablemente todos ellos, incluyendo los del versículo 15, fueran sanados. Aquel momento era una circunstancia critica en la historia de la Iglesia, y Dios hacía cosas especiales.
El Arresto De Los Doce Apóstoles (5:17-26)
"Entonces levantándose el sumo sacerdote y todos los que estaban con él, esto es, la secta de los saduceos, se llenaron de celos; y echaron mano a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública. Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel y sacándolos, dijo: Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida. Habiendo oído esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban.
Entre tanto, vinieron el sumo sacerdote y los que estaban con él, y convocaron al concilio y a todos los ancianos de los hijos de Israel, y enviaron a la cárcel para que fuesen traídos. Pero cuando llegaron los alguaciles, no los hallaron en la cárcel; entonces volvieron y dieron aviso, diciendo: Por cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con toda seguridad, y los guardas afuera de pie ante las puertas; mas cuando abrimos, a nadie hallamos dentro. Cuando oyeron estas palabras el sumo sacerdote y el jefe de la guardia del templo y los principales sacerdotes, dudaban en qué vendría a parar aquello. Pero viendo uno, les dio esta noticia: He aquí, los varones que pusisteis en la cárcel están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fue el jefe de la guardia con los alguaciles, y los trajo sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo".
Una vez más, los saduceos del lugar, entre los cuales estaban el sumo sacerdote y sus amigos más cercanos, estaban molestos. Esta vez, estaban llenos de indignación. La palabra griega (zelóo) puede significar celo o entusiasmo en buen sentido, o puede significar también la peor forma de celos. No es fácil ver cómo se usa esta palabra aquí. También implica espíritu partidista y celo por sus enseñanzas saduceas contra la resurrección. Podemos estar seguros de que detestaban ver que las multitudes se reunían alrededor de los apóstoles.
Aquella indignación celosa hizo que los saduceos se levantaran (se pusieran en acción), arrestaran a los apóstoles y los echaran a la cárcel pública. En realidad, lo que hay aquí es un adverbio que significa "públicamente". Esto es, aquello fue hecho delante de una multitud que miraba. Es evidente que los sacerdotes y los saduceos se sentían desesperados. Esta vez se atrevieron a arriesgar la desaprobación de la muchedumbre.
Durante la noche, un ángel (el griego no tiene el artículo determinado "el") del Señor abrió las puertas de la prisión y les dijo a los apóstoles que fueran, y puestos de pie en el Templo, anunciaran al pueblo todas las palabras de esta vida, esto es, las palabras que le dan vida a todo aquel que crea. (Vea Juan 6:68.) El Evangelio es más que una filosofía o un conjunto de preceptos. Por medio de la obra del Espíritu Santo, es capaz de dar vida.
Debido al mandato del ángel, entraron de mañana (al amanecer) en el Templo y comenzaron a enseñar en público. Esto debe haber asombrado a los que habían visto que los habían arrestado y echado a la cárcel la noche anterior. También les debe haber ayudado a ver que Dios seguía con los apóstoles, y apoyando su mensaje.
Aquella misma mañana, algo más tarde, el sumo sacerdote y los que estaban con él, convocaron al concilio (el Sanedrín). Se identifica con más claridad a este concilio como el conjunto o Senado de todos los ancianos de los hijos de Israel.8 Esta expresión parece significar que los setenta miembros se hallaban presentes.
También está diciendo implícitamente que en la ocasión anterior, cuando Pedro y Juan fueron arrestados (y en otras ocasiones, como en el juicio de Jesús), sólo se había llamado a los que eran saduceos controlados por el sumo sacerdote. Como eran la mayor parte del Sanedrín, constituían quorum. Pero esta vez, como sabían que iban en contra de la mayoría del pueblo de Jerusalén, reunieron todo el concilio, esperando que estuviera de acuerdo con su decisión y apoyara el castigo a los apóstoles.
Cuando enviaron a los alguaciles (sirvientes, ayudantes) a la prisión para buscar a los apóstoles, no estaban allí. Al regresar, los alguaciles les reportaron que habían encontrado la prisión todavía cerrada con toda seguridad, o sea, con las puertas todavía firmemente cerradas, y con los guardas de pie junto a las puertas. Pero, cuando abrieron las puertas, no encontraron nadie dentro.
Estas palabras hicieron que el sumo sacerdote y los que estaban con él sintieran una duda (y turbación) que les preocupaba, y se preguntaran en qué vendría a parar aquello. (Aquí se traduce una forma de la palabra griega que se traduce por convertirse, suceder.) También significa que se preguntaban y se preocupaban sobre que sucedería después.
En aquel momento llegó alguien y les informó que los hombres que debían estar en prisión, se hallaban en el Templo de pie, enseñándole al pueblo pública y abiertamente. Entonces el jefe de la guardia (comandante de la guardia del Templo) fue con los alguaciles (sirvientes, ayudantes del Templo) y trajo a los Doce sin violencia (sin uso de fuerza). Fueron cuidadosos, porque tenían miedo de que el pueblo se les rebelara y los apedreara. Había tenido que tratar con multitudes anteriormente y sabían lo que el espíritu y la violencia de las masas puede hacer.
Por supuesto que, en realidad, no tenían necesidad de usar fuerza. Los apóstoles fueron voluntariamente, aunque sabían también que no tenían más que decir una palabra, y la multitud habría apedreado a aquellos alguaciles por blasfemadores de los siervos de Dios y enemigos suyos. Sin embargo, no hay duda de que los apóstoles tenían la esperanza de que aquel arresto se convertiría en otra oportunidad para dar testimonio de su Mesías y Salvador.
El Veredicto: ¡Matarlos! (5:27-33)
"Cuando los trajeron, los presentaron en el concilio, y el sumo sacerdote les preguntó, diciendo: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre. Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste. Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen. Ellos, oyendo esto, se enfurecían y querían matarlos".
El sumo sacerdote prefirió no preguntarles a los discípulos cómo había salido de la prisión. Obviamente, se trataba de algo sobrenatural, y posiblemente no quisiera oír hablar de ángeles, puesto que no creía en ellos. Por esto, comenzó por preguntarles a los apóstoles si el Sanedrín no les había mandado estrictamente que no enseñasen en ese nombre (una referencia despectiva al nombre de Jesús). Después los acusó de llenar a Jerusalén con su doctrina (enseñanza), y de querer echar sobre los dirigentes judíos "la sangre de ese hombre".
La afirmación de que habían llenado a Jerusalén con sus enseñanzas era una gran admisión de la eficacia que tenía el testimonio de los apóstoles. No obstante, el sumo sacerdote entendió mal sus intenciones, probablemente porque, a pesar de sí mismo, se sentía culpable por lo que se había hecho con Jesús. De manera que la declaración de que los apóstoles querían vengar en ellos la muerte de Jesús, no era más que una simple calumnia y era completamente falsa.
Pedro y los apóstoles (siendo Pedro el vocero de todos) no pidieron disculpas. Sin dudar un instante, respondieron: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (los seres humanos)." "Obedecer" es aquí una palabra usada para expresar la obediencia a alguien que se halla en autoridad, como en Tito 3:1. Al estar conscientes de la autoridad de Cristo, estaba diciendo el equivalente a: "Tenemos que obedecer." Anteriormente, en Hechos 4:19, dijeron: "Juzgad." Pero el Sanedrín no juzgó que los apóstoles tenían una necesidad dispuesta por Dios, de esparcir el Evangelio. Por tanto, ahora ellos tenían que declararse con toda fortaleza.
Pedro no dudó en recordarles cómo el Dios de sus padres (el Dios que guarda su pacto, el Dios que le había hecho la promesa a Abraham) resucitó a Jesús. Después, una vez más, hizo un contraste entre la forma en que Dios trató a Jesús y la forma en que los dirigentes judíos lo trataron, colgándolo de un madero.
Contrariamente a lo que ellos temían, los apóstoles no deseaban, ni Dios tenía la intención de castigarlos por esto. Más bien. Dios había exaltado a Jesús, el mismo que ellos habían crucificado, con (a) su diestra para que fuera Príncipe (autor, fundador) y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento (es decir, oportunidad de arrepentirse) y perdón de pecados.
Por supuesto que Pedro aquí no tiene la intención de restringir esta ofrenda de perdón a Israel, sino simplemente aplicarla a aquellos con los que estaba hablando. El propósito de Dios era darles perdón y salvación a todos los pecadores. Su culpa sería cancelada si querían arrepentirse. Al exaltar a Jesús, Dios lo había puesto en una posición donde sería fácil arrepentirse o cambiar su actitud con respecto a El.
Como anteriormente, los apóstoles hicieron resaltar que ellos eran los testigos de Cristo y de estas cosas (estas palabras; griego rhemáton, vocablo usado para las "palabras" de esta vida en el versículo 20). Después Pedro añadió que también lo era el Espíritu Santo que Dios había dado (y todavía da, como en el día de Pentecostés) a los que le obedecen (y reconocen su autoridad). El es el Dador (Juan 15:26, 27). Se ve bien claro que el don del Espíritu no estaría limitado a los apóstoles o a su época.
Evidentemente, la mayoría del Sanedrín pensó que las palabras de Pedro significaban que los apóstoles no sólo los consideraban culpables de la muerte de Jesús, sino también de negarse a aceptar la autoridad de Dios y obedecerlo. (De hecho, los apóstoles unieron su testimonio al testimonio del Espíritu.) Por esto, en lugar de aceptar la oferta de arrepentimiento, n se enfurecieron (se sintieron atravesados, tocados hasta la médula con ira, indignación y celos). Inmediatamente comenzaron los procedimientos para matar a los apóstoles. (Se usa la misma palabra para matar aquí, que cuando se habla de matar a Jesús, en Hechos 2:23.)
El Consejo De Gamaliel (5:34-42)
"Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo, mandó que sacasen fuera por un momento a los apóstoles, y luego dijo: Varones israelitas, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien. A éste se unió un número como de cuatrocientos hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados. Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios. Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo".
Los primeros en actuar en contra de los apóstoles, fueron los saduceos. Pero esta vez, se había reunido todo el Sanedrín, y en él había algunos fariseos prominentes. Entre ellos se hallaba Gamaliel, doctor (maestro autorizado) de la Ley, altamente estimado por todo el pueblo. En el Talmud judío se afirma que era nieto de Hillel (el maestro más influyente de los fariseos, tenido en gran estima por todos los judíos ortodoxos posteriores). Pablo fue instruido por Gamaliel, y se convirtió en uno de sus estudiantes más sobresalientes.
Levantándose, Gamaliel se hizo cargo de la situación y ordenó que sacaran a los apóstoles por un momento. Entonces procedió a advertirle al Sanedrín que tuviera cautela y mirara (le prestara cuidadosa atención) lo que iba a hacer (o estaba a punto de hacer) a estos hombres.
Con dos ejemplos, les recordó a los miembros del concilio que en el pasado, algunos personajes habían reunido seguidores, pero no habían llegado a nada. El primer ejemplo fue Teudas, quien dijo de sí mismo que era alguien. Teudas era un nombre corriente, y es probable que fuera uno de los rebeldes que se levantaron después de la muerte de Heredes el Grande en el año 4 a.C. (Josefo habla de otro Teudas que surgió después.) A este Teudas se le unieron unos cuatrocientos hombres. Fue asesinado, y todos los que le obedecían (y creían en él) fueron dispersados y reducidos a nada.
Después de Teudas, se levantó Judas el galileo en los días del censo (hecho para preparar los impuestos). Este llevó tras de sí un considerable número de personas. Pero él también pereció, y todos los que le obedecían fueron dispersados.
La conclusión a la que llegó Gamaliel fue que debían apartarse de estos hombres y dejarlos (permitir que se fueran), porque si este consejo o esta obra era de (salida de) los hombres, se desvanecería (sería derrocada, destruida). Pero si era de Dios, no podrían destruirla (ni destruirlos a ellos), "no seáis tal vez hallados luchando contra Dios".
Debemos recordar que este era un refrán de los fariseos. Es decir, el relato inspirado dice claramente que fue Gamaliel quien dijo esto; las palabras que se recogen aquí como dichas por él, eran las conclusiones de su propio pensamiento, su razonamiento humano, y no una verdad de Dios. Por supuesto que es cierto que lo que es de Dios no puede ser destruido. También es cierto que es absurdo tratar de unir medios físicos para destruir fuerzas espirituales. Pero no es cierto que todo lo que es de los hombres sea destruido pronto y sus seguidores sean dispersados. Hay muchas religiones paganas, doctrinas falsas y sectas modernas que mantienen grupos de seguidores después de muchos años. Los juicios del final de esta época las harán llegar a su fin a todas, y las cosas de Dios continuarán.
Sin embargo, debemos tener cuidado en no llevar demasiado lejos las palabras de Gamaliel. Lo cierto es que surtieron su efecto sobre el Sanedrín, y los gobernantes fueron persuadidos por él.
Después, hicieron entrar a los apóstoles y los azotaron fuertemente (con látigos que les quitaron la piel de la espalda). La palabra griega puede significar en realidad "despellejar". De esta manera, el concilio aún expresó su rencor y su indignación contra los apóstoles, probablemente con los 39 latigazos acostumbrados. (Vea 2 Corintios 11:24; Deuteronomio 25:3.) (Jesús les había advertido que esto sucedería: Marcos 13:9.) Entonces, el concilio les intimó (les ordenó) que no hablasen en el nombre de Jesús, y se les puso en libertad.
Salieron de la presencia del Sanedrín gozosos por haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Es decir, sufrieron por todo lo que incluye el Nombre de Jesús, y por tanto su personalidad y naturaleza, especialmente su mesianidad, su divinidad, su condición de Salvador y su señorío. (Vea Filipenses 2:9, 10.)
La oposición de los dirigentes judíos se suavizó por un tiempo, y los apóstoles pudieron continuar su ministerio con libertad. Todos los días en el Templo, y de casa en casa, nunca cesaban de enseñar y predicar las buenas nuevas de Jesucristo (el Mesías Jesús). Valientemente, desafiaban las órdenes del Sanedrín, sin prestar atención alguna a sus amenazas.           

domingo, 24 de marzo de 2019

HECHOS



Los ciento veinte perseveraron en la oración y la alabanza por diez días después de la ascensión de Jesús, hasta el día de Pentecostés. Este era el festival de la cosecha para los judíos. En el Antiguo Testamento era llamado también la Fiesta de las Semanas (Éxodo 34:22; Deuteronomio 16:16), porque había una semana de semanas (siete semanas) entre Pascua y este día. Pentecostés significa "quincuagésimo", y recibía este nombre porque en el quincuagésimo día después de haber sido mecida la gavilla de los primeros frutos (Levítico 23:15) se mecían dos panes de primicias (Levítico 23:17).
Cuando llegó el día (2:1)
"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos."
Ahora se estaba completando Pentecostés, lo que llama nuestra atención hacia el hecho de que el período de espera estaba llegando a su fin, y las profecías del Antiguo Testamento estaban a punto de ser cumplidas. Los ciento veinte estaban aún unánimes y juntos en el mismo lugar. No faltaba ninguno. No se nos dice dónde se hallaba ese lugar, pero generalmente se considera que fuera el Aposento Alto que era su lugar de reunión (Hechos 1:13). Hay quienes, en vista de la declaración de Pedro de que era la hora tercera del día (9 a.m.), creen que estaban en el Templo, probablemente en el patio de las mujeres. Ya hemos visto que los creyentes se hallaban de ordinario en el Templo a las horas de oración. Uno de los pórticos o columnatas cubiertas que se hallaban en los extremos del patio, hubiera proporcionado un buen lugar para que se reunieran y oraran en común. Esto ayudaría a explicar la multitud que se reunió después del derramamiento del Espíritu.
Viento y fuego (2:2, 3)
"Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos."
De repente, sin advertencia alguna, llegó del cielo un sonido como el de un viento recio y poderoso (violento) o un tornado. Pero fue el sonido el que llenó la casa y los hizo sobrecogerse, y no un viento real.
El viento les recordaría las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento. Dios le habló a Job desde un torbellino (Job 38:1; 40:6); un poderoso viento del este secó el camino a través del mar Rojo, permitiéndoles a los israelitas escapar de Egipto sobre suelo seco (Éxodo 14:21). El viento fue también un símbolo frecuente del Espíritu en el Antiguo Testamento (Ezequiel 37:9, 10, 14, por ejemplo). Jesús mismo usó el viento para hablar del Espíritu (Juan 3:8).
El sonido del viento les indicaba a los presentes que Dios estaba a punto de manifestarse a sí mismo y a su Espíritu de una manera especial. El hecho de que fuera el sonido de un viento poderoso también les recordaba el poder prometido por Jesús en Hechos 1:8, un poder destinado a servir.
De forma igualmente súbita, unas lenguas repartidas como lenguas de llamas o de fuego, aparecieron. Esto es, algo que parecía una masa de llamas apareció sobre todo el grupo. Entonces se dispersó, y cada una de las llamas, que parecían como lenguas de fuego, se fue a colocar sobre la cabeza de cada uno de ellos, tanto hombres como mujeres. Por supuesto, no había ningún fuego real, y nadie se quemó. Pero el fuego y la luz eran símbolos comunes de la presencia divina, como en el caso de la zarza ardiente (Éxodo 3:2), y también la aparición del Señor en medio del fuego en el Monte Sinaí después de que el pueblo de Israel aceptara el Pacto Antiguo (Éxodo 19:18).
Algunos suponen que estas lenguas constituyeron un bautismo de fuego que traía consigo purificación. Sin embargo, la mente y el corazón de los ciento veinte ya estaban abiertos al Cristo resucitado, ya estaban purificados, y estaban llenos de alabanza y gozo (Lucas 24:52, 53); ya respondían a la Palabra inspirada por el Espíritu (Hechos 1:16), y ya se hallaban unánimes. Más que purificación o juicio, aquí el fuego significaba que Dios aceptaba el Cuerpo de la Iglesia como templo del Espíritu Santo (Efesios 2:21, 22; 1 Corintios 3:16), y después, que aceptaba a cada uno de los creyentes como templo del Espíritu también (1 Corintios 6:19). Con esto, la Biblia aclara que la Iglesia ya existía antes del bautismo pentecostal. En Hebreos 9:15, 17 se nos muestra que fue la muerte de Cristo la que instauró el Nuevo Pacto. Desde el día de la resurrección, cuando Jesús sooló sobre los discípulos, la Iglesia quedó constituida como Cuerpo de un nuevo pacto.
Es importante notar que estos signos precedieron al bautismo pentecostal o dones del Espíritu. No fueron parte de él, ni se repitieron en otras ocasiones en que el Espíritu se derramó. Por ejemplo, Pedro identificó el derramamiento sobre los creyentes en la casa de Cornelio con la promesa de Jesús de que serían bautizados en el Espíritu, diciéndoles que era el mismo don (Hechos 10:44-47; 11:17). Pero el viento y el fuego no estuvieron presentes. Parece que sólo fueron necesarios en una ocasión.
Llenos del espíritu santo (2:4)
"Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen."
Después de reconocer a la Iglesia como el nuevo Templo, Dios derramó su Espíritu sobre ella. Jesús habló de bautismo; ahora se habla de plenitud, es decir, experiencia plena. La Biblia usa diversos términos para expresar esta realidad. Es derramamiento del Espíritu, tal como profetizara Joel (Hechos 2:17, 18, 33); recepción activa de un don (Hechos 2:38) y descendimiento del Espíritu (Hechos 8:16; 10:44; 11:15). En Hechos 10:45 es de nuevo derramamiento del don, y venida del Espíritu sobre los creyentes. Son tantos los términos usados, que no hay por qué suponer que el bautismo sea algo distinto de la plenitud. El Espíritu es una persona. Por tanto, se trata de una experiencia que crea una relación. Cada uno de los términos lo que hace es revelar alguno de sus aspectos.
Puesto que estaban reunidos todos unánimes, cuando se dice que fueron llenados "todos", se está hablando de los ciento veinte. Hay quienes suponen que sólo fueron llenos los doce apóstoles. Sin embargo, fueron más de doce las lenguas que se hablaron. Más tarde, Pedro diría que Dios les había concedido a los gentiles "el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo". Esto nos sugiere que el Espíritu descendió de la misma forma, no sólo sobre los doce, sino sobre los ciento veinte y también sobre los tres mil que creyeron aquel día. Fue y es una experiencia para todos, aunque en el Antiguo Testamento sólo había sido para algunos.
Tan pronto como fueron llenos, los ciento veinte comenzaron a hablar en otras lenguas. Como en Hechos 1:1, la palabra "comenzaron" muestra que continuaron haciéndolo después, lo que indica que las lenguas eran el acompañamiento normal del bautismo en el Espíritu Santo. Era el Espíritu quien les daba que hablasen (les seguía dando a hablar). Esto es, ellos eran quienes hablaban, pero las palabras no venían de su mente. El Espíritu se las daba y ellos las decían valientemente en voz alta, y con una unción llena de poder. Esta es la única señal del bautismo en el Espíritu que se repetiría.
Atónitos Y Maravillados (2:5-13)
"Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, " cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? " Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto."
Jerusalén era un centro cosmopolita al cual volvían muchos judíos de la dispersión para establecerse en él. "Moraban" (versículo 5) generalmente quiere decir algo más que una visita o una permanencia temporal. Sin embargo, puesto que era la fiesta de Pentecostés, podemos estar seguros de que había muchos judíos procedentes de todos los rincones del mundo conocido en Jerusalén en aquel momento. Estos eran personas devotas y temerosas de Dios, sinceras en su adoración a Dios. En realidad, es probable que hubiera mayor número de ellos en Jerusalén en aquel momento, que durante la Pascua, puesto que la travesía del mar Mediterráneo era más segura en esta estación que en los meses anteriores.
A medida que el sonido de los ciento veinte que hablaban en lenguas se hizo más alto y audible, se fue formando una multitud de personas que llegaban de todas las direcciones. Todos se sentían confundidos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. La palabra "propia" es enfática aquí, y significa su propio lenguaje, el que usaba de niño. Lengua significa aquí un lenguaje diferente. No estaban hablando simplemente en una variedad de dialectos galileos o arameos, sino en diversos idiomas totalmente diferentes.
El resultado fue que se sintieron maravillados. Estaban confusos. Se sentían llenos de asombro y de temor, porque reconocían, probablemente por la forma en que vestían, que aquellos ciento veinte eran galileos. No podían comprender cómo cada uno de ellos los oía hablar su propio lenguaje, aquél en el que había nacido.
Hay quienes consideran que el versículo 8 significa que los ciento veinte hablaban todos el mismo lenguaje en realidad, y que gracias a un milagro en la audición, los que componían la multitud oían aquello en su lengua materna. Pero los versículos 6 y 7 son demasiado específicos para aceptar esto. Cada uno los oía hablar en su propio dialecto, sin acento galileo alguno. No se hubieran sorprendido si los ciento veinte hubieran hablado en arameo o en griego.
Otros han supuesto que los ciento veinte hablaron en lenguas en realidad, pero que nadie los entendió. Proponen que el Espíritu interpretó las lenguas desconocidas en los oídos de quienes los escuchaban, para que entendieran su propio idioma. Pero los versículos 6 y 7 desechan esta suposición también. Hablaron idiomas reales, y estos fueron comprendidos realmente por una serie de personas procedentes de lugares distintos. Esto serviría de testimonio sobre la universalidad del Don y la universalidad y unidad de la Iglesia.
Los lugares nombrados aquí como lugares natales de estos judíos devotos, se hallaban en todas las direcciones, pero también siguen un orden general (con algunas excepciones), comenzando en el nordeste. Partía se hallaba al este del Imperio Romano, entre el mar Carpio y el golfo Pérsico; Media estaba al este de Asiria; Elam, al norte del golfo Pérsico en la parte sur de Persia; Mesopotamia era la antigua Babilonia, casi totalmente fuera del Imperio Romano. Babilonia tenía una gran población judía en la época del Nuevo Testamento, y más tarde se convirtió en centro del judaísmo ortodoxo (1 Pedro 5:13).
Se menciona la Judea porque los judíos de allí hablaban hebreo aún, y deben haber estado asombrados con la falta de acento galileo. También es posible que Lucas incluya con la Judea toda Siria, de hecho, todo el territorio de David y Salomón, desde el río Eufrates hasta el río de Egipto (Génesis 15:18). Capadocia era una gran provincia romana en la parte central del Asia Menor; el Ponto era otra provincia romana en el norte de Asia Menor, sobre el mar Negro; Asia era la provincia romana que comprendía el tercio occidental de Asia Menor; la Frigia era un distrito étnico, parte del cual se hallaba en la provincia de Asia, y parte en la Galacia. Años después. Pablo fundaría muchas iglesias en esta región.
La Panfilia era una provincia romana situada en la costa sur del Asia Menor; Egipto, al sur, tenía una abundante población judía. El filósofo judío Filón afirmó en el año 38 d.C. que había cerca de un millón de judíos allí, la mayoría en Alejandría. Cirene era un distrito de África al oeste de Egipto, junto a la costa mediterránea (Hechos 6:9; 11:20; 13:1).
Había otros presentes en Jerusalén que eran extranjeros (de paso, residentes temporales) en la ciudad, ciudadanos de Roma, tanto judíos como prosélitos (gentiles convertidos al judaísmo). Había también otros procedentes de la isla de Creta y de la Arabia, el distrito situado al este y sureste de Palestina.
Todos ellos estuvieron oyendo en sus propios idiomas las maravillosas obras (los actos poderosos, magníficos y sublimes) de Dios. Esto puede haber sido en forma de expresiones de alabanza a Dios por estas obras maravillosas. No se señala aquí que hubiera discursos o predicación, aunque con toda seguridad la predicación hubiera causado la salvación de algunos (1 Corintios 1:21). Sin embargo, no hay memoria ahora ni en ningún otro momento, de que el don de lenguas haya sido usado como medio para predicar o enseñar el Evangelio.
En cambio, los oyentes estaban maravillados (asombrados) y atónitos (perplejos, sorprendidos, completamente incapaces de comprender) sobre lo que significaba todo aquello. "¿Qué quiere decir esto?" sería literalmente "¿Qué será todo esto?" Su pregunta expresa una confusión total, así como un asombro extremo. Comprendían el significado de las palabras, pero no su propósito. Por esto se hallaban confundidos con lo que oían.
Había otros en la multitud que evidentemente no comprendían ninguno de aquellos lenguajes, y tomaron todo aquello como algo ininteligible. Entonces, como no podían comprender su significado, se apresuraron a deducir que aquello no tenía sentido alguno. Por consiguiente, se dedicaron a burlarse y a expresar gran mofa, diciendo que estos hombres (esta gente; aquí se incluían hombres y mujeres) estaban llenos (repletos, saturados) de mosto (vino dulce, vino nuevo). La palabra "mosto" traduce el griego gléukous, del que derivamos nuestra palabra "glucosa" o azúcar de uva. No es la palabra ordinaria para nombrar al vino nuevo, y probablemente represente a un vino embriagante hecho de una uva muy dulce. Pasaría algún tiempo hasta que comenzara la cosecha de la uva en agosto, y el jugo de uva estuviera disponible de nuevo.
El texto griego indica que estaban haciendo gestos de burla, además de proferir palabras. Algunos bebedores se ponen escandalosos, y es posible que esto fuera lo que pensaban quienes se burlaban de ellos. No debemos suponer que hubiera señal alguna de las que marcaban las licenciosas borracheras de los paganos. Su emoción principal seguía siendo el gozo. Habían estado dándole gracias a Dios y alabándolo en su propio idioma (Lucas 24:53), y ahora el Espíritu Santo les acababa de dar nuevos idiomas con los cuales alabarlo. Estamos seguros de que su corazón seguía dirigiéndose a Dios en alabanza, aunque no comprendieran lo que estaban diciendo.
La Explicación De Pedro (2:14-21)
"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo."
Cuando Pedro y los otros once apóstoles (entre ellos Matías) se pusieron de pie, los ciento veinte cesaron de hablar en lenguas inmediatamente. Entonces, toda la multitud se dispuso a escucharlo. Todavía bajo la unción del Espíritu, alzó la voz y les habló. La palabra usada para el gesto de querer hablar de Pedro en este momento es la misma usada para la manifestación en lenguas en Hechos 2:4. Con esto sugiere que Pedro habló en su propio idioma (arameo) según el Espíritu le daba que hablase. En otras palabras, lo que sigue no es un sermón, en sentido ordinario de la palabra. Por supuesto que Pedro no se sentó a estudiar los tres puntos del sermón. Al contrario; su prédica es una manifestación espontánea del don de profecía (1 Corintios 12:10; 14:3).
El discurso de Pedro iba dirigido a los judíos y a los que habitaban en Jerusalén. Esta era una forma educada de comenzar, que seguía sus costumbres, pero no echaba a un lado a la mujeres. Igual sucedería en los versículos 22 y 29.
Se puede notar que, a medida que los ciento veinte continuaban hablando en lenguas, las burlas iban aumentando, hasta que la mayoría se estaban mofando de ellos. Hasta es posible que algunos de los que comprendían los idiomas se les hayan unido. Pedro no llamó la atención al hecho de que algunos los comprendieran. Sólo les respondió a los que se burlaban.
No estaban ebrios, como suponía la multitud, porque sólo era la hora tercera del día, esto es, alrededor de las nueve de la mañana. En realidad, ni el mismo mosto era muy fuerte. En aquellos tiempos, no había formas de destilar alcohol o de hacer más fuertes las bebidas. Sus bebidas más fuertes eran el vino y la cerveza, y tenían la costumbre de diluir el vino con varias partes de agua. Hubiera hecho falta gran cantidad para que se embriagaran a horas tan tempranas. También podemos estar seguros de que cualquiera que estuviera bebiendo no estaría en un lugar público a esa hora. Así fue como demostró que las palabras de los que se burlaban eran absurdas.
Entonces Pedro declaró que lo que ellos veían y oían (2:33) era el cumplimiento de Joel 2:28-32 (Joel 3:1-5 en la biblia hebrea). Como el contexto de Joel sigue hablando sobre el juicio por venir y el final de los tiempos, algunos creen hoy que la profecía de Joel no se cumplió en el día de Pentecostés. Un escritor llega a decir que Pedro no quiso decir "Esto es lo dicho", sino más bien "Esto se parece a lo dicho". En otras palabras, el derramamiento pentecostal sólo se parecía a lo que sucederá cuando Israel sea restaurada al final de los tiempos.
Sin embargo, lo que Pedro dijo fue: "Esto es lo dicho". Joel, como los demás profetas del Antiguo Testamento, no vio el tiempo que transcurriría entre la primera venida de Cristo y la segunda. Hasta es probable que el mismo Pedro no viera el tiempo que habría de transcurrir. Sin embargo, sí vio que se acercaba la era mesiánica, y probablemente tuviera la esperanza de que llegaría muy pronto.
Pedro hace un cambio evidente en la profecía. Bajo la inspiración del Espíritu, especifica que la palabra "después" de Joel 2:28 significa que el derramamiento tendrá lugar "en los postreros días". Con esto reconocía que los últimos días habían comenzado con la ascensión de Jesús (Hechos 3:19-21). Con esto podemos ver que el Espíritu Santo reconoce que toda la época de la Iglesia comprende los "postreros días". Estamos en la última época antes del rapto de la Iglesia, la restauración de Israel y el reino milenario de Cristo sobre la tierra; la última época antes de que Jesús venga en fuego a tomar venganza en aquellos que no conocen a Dios y rechazan el Evangelio (2 Tesalonicenses 1:7-10).
La primera parte de la cita de Joel tiene una aplicación obvia a los ciento veinte. Los muchos idiomas señalan con claridad la intención de Dios de derramar su Espíritu sobre toda carne. En hebreo, "toda carne" significa de ordinario toda la humanidad, como vemos en Génesis 6:12."Carne" nos puede hablar también de fragilidad, y esto se encuadra dentro de la realidad de que el bautismo en el Espíritu es una experiencia que da poder. El Espíritu quiere darnos poder y hacernos fuertes.
No sabemos si hubo sueños o visiones mientras ellos hablaban en lenguas. Es posible que los hubiera. Pero en lo que se insiste repetidamente (versículos 17 y 18) es en que el Espíritu se derramaba para que aquellos que quedaran llenos de él pudieran profetizar. Evidentemente, Pedro, por medio del Espíritu, vio que las lenguas cuando son comprendidas, equivalen a la profecía (1 Corintios 14:5, 6). En la Biblia, profetizar significa hablar a nombre de Dios, como vocero o "boca" suya. (Compare con Éxodo 7:1 y Éxodo 4:15, 16.)
"Toda carne" se especifica ahora mencionando "vuestros hijos y vuestras hijas". No habría distinción en la experiencia pentecostal con respecto al sexo. Esto es otra indicación de que los ciento veinte fueron bautizados en el Espíritu, tanto hombres como mujeres.
Los jóvenes verían visiones y los ancianos soñarían sueños. No existiría división con respecto a la edad. Tampoco parece haber distinción real alguna entre los sueños y las visiones. La Biblia usa indistintamente ambas palabras con frecuencia. Son por lo menos paralelas. (Vea Hechos 10:17; 16:9, 10; y 18:9, como ejemplos de visiones).
Hasta sobre los esclavos, tanto hombres como mujeres (que es lo que significan realmente las palabras "siervos" y "siervas") Dios derramaría su Espíritu. En otras palabras, el Espíritu no tendría en cuenta las distinciones sociales. Aunque probablemente no hubiera esclavos entre los ciento veinte, en el Imperio Romano había muchas regiones donde los esclavos componían hasta el ochenta por ciento de la población. Ya llegaría el cumplimiento de esta parte de la profecía.
También es posible tomar el versículo 18 como una declaración resumida: "Sobre mi iglesia de esclavos", paralela a los esclavos israelitas librados de Egipto por el grandioso poder de Dios. Todas las epístolas se refieren a los creyentes llamándolos siervos (literalmente, esclavos), más que discípulos. No pedían nada para sí mismos, no reclamaban derecho alguno, y lo daban todo al servicio de su Amo y Señor. Hasta los hermanos de Jesús, Jacobo (o Santiago) y Judas, se llaman a sí mismos siervos (esclavos) del Señor Jesús (Santiago 1:1; Judas 1).
Muchos interpretan simbólicamente los versículos 18 y 19. Otros suponen que de alguna forma fueron cumplidos durante las tres horas de tinieblas que tuvieron lugar mientras Jesús colgaba de la cruz. Más bien parece que la mención de las señales indica que el derramamiento y las profecías continuarían hasta que estas señales llegaran, al final de la era. Pedro también quiere decir que se pueden esperar estas señales con igual confianza que las ya cumplidas.
Podemos ver también el don del Espíritu como las primicias de la era futura (Romanos 8:23). El corazón y la mente sin regenerar del hombre, no pueden concebir las cosas que Dios ha preparado para aquellos que lo aman. Pero "Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu" (1 Corintios 2:9, 10). La herencia que será totalmente nuestra cuando Jesús venga, no es ningún misterio para nosotros. Ya la hemos experimentado; al menos, en cierta medida. Como señala Hebreos 6:4, 5, todos los que han probado (experimentado realmente) el don celestial y han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, ya han gustado de la buena palabra (promesa) de Dios y los poderes (poderes extraordinarios, milagros) del siglo (la época) por venir.
Algunos ven también en el fuego y el humo una referencia a las señales de la presencia de Dios en el monte Sinaí, como lo relata Éxodo 19:16-18; 20:18 y miran al día de Pentecostés como el momento en que fue dada una nueva ley o fue renovado el nuevo pacto. Sin embargo, como lo indica Hebreos 9:15-18, 26, 28, la muerte de Cristo fue la que hizo efectivo el nuevo pacto, y no hay necesidad de nada más.
Entre las señales se incluye aquí la sangre (versículo 19), lo que hace referencia al aumento en el derramamiento de sangre, las guerras y el humo de las guerras que cubrirá el sol y hará que la luna se vea roja. Estas cosas tendrán lugar antes del día grande y notable (manifestó) del Señor. Forman parte de la época presente. En el Antiguo Testamento, el día del Señor incluye tanto los juicios sobre las naciones del presente, como la restauración de Israel con el establecimiento del reino mesiánico. Pero a Pedro no le interesan estas profecías como tales en este momento. Lo que él quiere es que sus oyentes comprendan que el poder pentecostal del Espíritu continuará derramándose a través de toda esta época. La época de la iglesia es la época del Espíritu Santo; el don del Espíritu seguirá disponible aun en medio de las guerras y el derramamiento de sangre que tendrán lugar.
El versículo 21 señala el motivo del derramamiento. A través del poder que traerá consigo, la labor de convicción del Espíritu será hecha en el mundo, no solamente al final, sino durante toda la época, hasta el mismo momento en que llegue el gran día del Señor. Durante este período, todo el que invocare (pida ayuda para su necesidad, esto es, pida salvación) el nombre del Señor, será salvo. La expresión griega es fuerte: "todo aquel". Pase lo que pase; sean cuales sean las fuerzas que se opongan a la Iglesia, la puerta de la salvación seguirá abierta. El texto griego también indica que podemos tener la esperanza de que muchos responderán y serán salvos.
La exaltación de Jesús (2:22-36)
"Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.
Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Dios le ha hecho Señor y Cristo."
El cuerpo del mensaje de Pedro se centra, no en el Espíritu Santo, sino en Jesús. El derramamiento pentecostal llevaba en sí la intención de dar un testimonio poderoso de Jesús (Hechos 1:8; Juan 15:26, 27; 16:14).
Pedro llamó primero la atención sobre el hecho de que los habitantes de Jerusalén conocían a Jesús, el hombre de Nazaret, y sabían cómo Dios lo había aprobado a beneficio de ellos con milagros (obras poderosas) y prodigios, y señales. Estas son las tres palabras usadas en la Biblia para referirse a los milagros sobrenaturales. Se refirieron a los diversos milagros que hizo Jesús, especialmente en el Templo en las fiestas (Juan 2:23; 4:45; 11:47).
Este Jesús, continuó diciendo Pedro, vosotros lo prendisteis y matasteis por manos de inicuos (manos de hombres sin ley, hombres fuera de la Ley; esto es, los soldados romanos). Pedro no dudó en hacer responsable de la muerte de Jesús a la población de Jerusalén, aunque también dejó en claro que Jesús había sido entregado a ellos por el determinado consejo (la voluntad específica) y anticipado conocimiento de Dios. Compare con Lucas 24:26, 27, 46. Si habían entendido a los profetas, deberían haber sabido que el Mesías tendría que sufrir. No obstante, Pedro no está tratando de hacer menor su culpa al decir esto.
Se debe señalar también que Pedro estaba habiéndoles ahora a judíos de Jerusalén, muchos de los cuales habían gritado también:
"¡Crucifícale!" La Biblia nunca lanza este tipo de responsabilidad sobre los judíos en general. Por ejemplo, en Hechos 13:27-29, Pablo, al hablarles a los judíos de Antioquía de Pisidia, les atribuye cuidadosamente la crucifixión a los que habitaban en Jerusalén, y dice "ellos" en lugar de decir "vosotros".
Pedro añade rápidamente: "Al cual Dios levantó". La resurrección hizo desaparecer el estigma de la cruz y anuló la decisión de los líderes de Jerusalén, al mismo tiempo que era también una indicación de que Dios había aceptado el sacrificio de Jesús. También por la resurrección. Dios liberó a Jesús de los sufrimientos (dolores) de la muerte, porque no era posible que ella lo pudiera contener. "Dolores" significa generalmente "dolores de parto", de manera que la muerte es vista aquí como el acto de dar a luz. Así como se alivian los dolores del parto al nacer el niño, también la resurrección hizo llegar el fin de los dolores de muerte.
Puesto que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), algunos dicen que la razón por la que la muerte no pudo retenerlo, era porque no tenía pecado propio que pudiera reclamar la muerte. Sin embargo, Pedro no razona así en este punto. Todo su razonamiento está fundamentado en la Palabra de Dios, en las Escrituras proféticas. Bajo la inspiración del Espíritu, dice que David hablaba de Jesús en el Salmo 16:8-11. La tradición judaica de aquellos tiempos también aplicaba estas palabras al Mesías.
El punto central es la promesa de que Dios no dejaría (abandonaría) su alma en el infierno (en griego, hades, el lugar más allá de la vida, traducción de la palabra hebrea sheol), y no permitiría que su Santo viera corrupción (putrefacción).
Pedro declara que era correcto que él dijera libremente (libre y abiertamente) del patriarca (padre y jefe o gobernante ancestral) David que el salmo no se le podía aplicar a él. No sólo estaba muerto y enterrado, sino que su tumba se hallaba allí, en Jerusalén. Era evidente que la carne de David sí había visto corrupción. Pero la de Jesús no. Aunque Pedro no lo dijo, estaba declarando implícitamente que la tumba de Jesús estaba vacía.
Puesto que David era profeta (vocero de Dios), y puesto que sabía que Dios había jurado que Uno del fruto de sus lomos se sentaría en su trono, pudo prever la resurrección del Cristo (el Mesías, el Ungido de Dios) y hablar de ella. Aquí se está haciendo referencia al pacto davídico. En él, Dios le prometió a David que siempre habría un hombre de su simiente para el trono. Esto fue dicho primeramente con respecto a Salomón (2 Samuel 7:11-16). Pero reconocía que si los descendientes de David pecaban, tendrían que ser castigados como cualquier otro. Sin embargo. Dios nunca le volvería la espalda al linaje de David para sustituirlo, como había hecho en el caso del rey Saúl. Este pacto fue confirmado nuevamente en los Salmos 89:3, 4; 132:11, 12.
Como los reyes del linaje de David no siguieron al Señor, al final Él tuvo que hacer terminar su reinado y enviarlos al exilio de Babilonia. Su propósito al hacerlo fue librar a Israel de la idolatría. Pero la promesa hecha a David seguía en pie. Todavía habría Uno que se sentaría en el trono de David y lo haría eterno.
Con esto, Pedro declara que Jesús es el Rey mesiánico. Porque Dios lo levantó, no fue dejado (abandonado) en el hades, y su carne no vio corrupción. Además de esto, tanto Pedro como los ciento veinte eran testigos todos de su resurrección.
Sin embargo, la resurrección de Cristo sólo era parte de un proceso mediante el cual Dios, por su poderosa diestra, alzó a Jesús a una exaltada posición de poder y autoridad a su derecha. (Habla de las dos formas: "por la diestra de Dios" y "a la diestra de Dios".) Este es también el lugar del triunfo y la victoria. Al pagar todo el precio. Jesús ganó para nosotros la batalla contra el pecado y la muerte. Por esto permanece a la derecha de Dios durante toda esta época. (Vea Marcos 16:19; Romanos 8:34; Efesios 1:20, 21; Colosenses 3:1; Hebreos 1:3; 8:1; 10:12; 12:2; 1 Pedro 3:22.)
En Cristo, nosotros también nos hallamos sentados a la derecha de Dios (Efesios 2:6). Puesto que ésta es nuestra posición en Cristo, no necesitamos nuestras propias obras de justicia para reclamar su promesa. Nada que podamos hacer nos daría una posición más alta de la que ya tenemos en Cristo.
A continuación, Pedro usa la exaltada posición de Cristo para explicar la experiencia pentecostal. Al estar ahora a la derecha del Padre, Él recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo y derramó a su vez ese Espíritu; la multitud podía ver y oír el resultado de su acción: los ciento veinte hablando en otras lenguas.
Jesús había dicho que le era necesario irse para que el Consolador pudiera venir (Juan 16:7). Así, aunque el bautismo en el Espíritu Santo es la promesa del Padre, Jesús es el que lo derrama. El Padre es el Dador, pero Jesús es el Bautizador.
El derramamiento del Espíritu también era evidencia de que Jesús había sido exaltado realmente a la derecha del Padre. Esto significa algo para nosotros, los que ahora creemos y recibimos el bautismo en el Espíritu. Este bautismo se convierte para nosotros personalmente en evidencia de que Jesús está allí, a la mano derecha del Padre, aún hoy, para interceder por nosotros. De esta forma podemos ser testigos directos sobre el lugar donde está Jesús, y lo que está haciendo.
Con otra cita de las Escrituras, se evidencia más aún que nada de esto era aplicable a David. David no ascendió a los cielos, como lo había hecho Jesús, pero había profetizado esa exaltación en el Salmo 110:1. Una vez más, no podía estar hablando de sí mismo, porque dice: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (con lo que indicaba una victoria completa y definitiva, como en Josué 10:24)." Jesús hizo referencia a esto también en Lucas 20:41-44, reconociendo que David llama Señor a su hijo más importante. (Vea también Mateo 22:42-45; Marcos 12:36, 37).
La conclusión que Pedro saca de esto es que toda la casa de Israel necesitaba saber ciertísimamente que Dios había hecho a este Jesús, al que los habitantes de Jerusalén habían crucificado. Señor y Cristo (Mesías).
De esto deducimos que, en cumplimiento de la profecía de Joel, Jesús es el Señor al cual todos debemos acudir en busca de salvación. Pablo reconoce también que Dios lo ha exaltado grandemente y le ha dado un nombre que está por sobre todo otro nombre (Filipenses 2:9). "El Nombre" en el Antiguo Testamento hebreo siempre es una expresión usada para hablar del Nombre de Dios. (El hebreo tiene otras maneras de referirse al nombre de un ser humano sin usar la palabra "el".) La expresión El Nombre representa la autoridad, persona, y especialmente la personalidad de Dios en su justicia, santidad, fidelidad, bondad, amor y poder. "Señor" fue la expresión que el Nuevo Testamento usó para el Nombre de Dios. La misericordia, la gracia y el amor son partes de la santidad, el nombre santo por el cual Jesús es reconocido como Señor, la revelación plena de Dios al hombre. Aquí hallamos también la seguridad de que Jesús está en el cielo, y en pleno dominio de todo. Dios cuidará que su plan sea realizado, pase lo que pase en este mundo.
Se añadieron tres mil a la iglesia (2:37-42)
"Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan yen las oraciones."
La reacción ante estas palabras proféticas fue inmediata. Se compungieron de corazón (fue perforado su corazón). Ya no siguieron diciendo: "¿Qué significa esto?" Las palabras de Pedro, inspiradas por el Espíritu Santo, se clavaron en su conciencia. Clamaron a él y a los otros apóstoles (que evidentemente, todavía estaban de pie junto a él): Varones hermanos, ¿qué haremos?
Sin embargo, no se sentían totalmente desechados. Pedro los había llamado hermanos, y ellos respondieron llamando hermanos a los apóstoles. Su pecado al rechazar y crucificar a Cristo era grande, pero su clamor mismo demuestra que creían que había esperanza, que podrían hacer algo.
Pedro les respondió con un llamado al arrepentimiento, esto es, a cambiar su pensamiento y sus actitudes fundamentales aceptando la voluntad de Dios revelada en Cristo. Como en Romanos 12:1, 2, este cambio exigía una renovación de la mente acompañada de un cambio de actitud con respecto al pecado y a sí mismo. La persona que se arrepiente de veras, aborrece el pecado (Salmo 51). Se humilla, reconoce que necesita a Cristo, y se da cuenta que no hay en él bondad alguna que le permita permanecer delante de Dios.
Después, los que se arrepintieran podrían declarar ese cambio de mente y corazón haciéndose bautizar en el nombre (en griego, por el nombre) de Jesucristo, esto es, por la autoridad de Jesús. Lucas no da más explicaciones, pero con frecuencia no explica lo que en algún otro lugar aparece con claridad. La autoridad de Jesús señala hacia su propio mandato que aparece en Mateo 28:19. O sea, que el acto mismo de bautizar era hecho en el nombre (para la adoración y el servicio) del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Este bautismo sería también "para" la remisión (el perdón) de sus pecados. ¡Qué maravilloso! ¿Qué rey de la tierra ha perdonado a un traidor? Sin embargo Cristo lo hizo y aún lo hace. Esto es gracia pura y amor sin igual. (Vea Romanos 5:8, 10.) "Para perdón de los pecados" estaría mejor traducido "debido a la liberación de vuestros pecados y el perdón de ellos". Nuestro pecado y nuestra culpa son apartados de nosotros tan lejos como el este lo está del oeste (Salmo 103:12). No sólo están perdonados, sino que se han ido realmente; se han ido de nuestra existencia para nunca más ser alzados contra nosotros.
"Debido a" es mejor que "para", puesto que es el mismo tipo de construcción griega usado cuando Juan bautizaba en agua "para" arrepentimiento (Mateo 3:11). Está claro que Juan no bautizaba a nadie para producir arrepentimiento. Cuando los fariseos y saduceos venían a él, les exigía que produjeran fruto digno de arrepentimiento (que demostrara un verdadero arrepentimiento). Esto es, tenían que arrepentirse primero, y entonces él los bautizaría. Somos salvos por gracia por medio de la fe, no por medio del bautismo (Efesios 2:8). Después del arrepentimiento, el bautismo en agua se convierte en la respuesta o testimonio de una buena conciencia que ya ha sido purificada por la sangre y por la aplicación de la Palabra relativa a la resurrección de Cristo por el Espíritu (1 Pedro 3:21; Romanos 10:9, 10).
Hay quienes alegan equivocadamente que no había agua suficiente en Jerusalén para bautizar a tres mil por inmersión. Sin embargo, la piscina de Betesda sola era una gran piscina doble, y se han excavado los restos de otras piscinas. En realidad, las posibilidades de bautismo por inmersión eran mucho mayores en Jerusalén entonces que ahora.
Después, Pedro habló de la Promesa. Los creyentes recibirían también al Espíritu Santo, como un don diferente después del perdón de sus pecados. Este don del Espíritu Santo es, por supuesto, el bautismo en el Espíritu Santo. Debe ser distinguido de los dones del Espíritu, que son dados por el Espíritu (1 Corintios capítulos 12:14). El don del Espíritu es entregado por Jesús, el poderoso Bautizador.
A continuación, Pedro sigue insistiendo en que esta promesa del bautismo en el Espíritu no se limitaba a los ciento veinte. Seguiría estando a disposición, no sólo de ellos, sino también de sus hijos (incluyendo todos sus descendientes), y de todos los que estuvieran lejos, y todos cuanto el Señor nuestro Dios llamara a sí. O sea que la única condición para recibir la Promesa del Padre es el arrepentimiento y la fe. Por tanto, sigue estando hoy a nuestra disposición.
El "llamado" podría referirse a Joel 2:32, pero no puede limitarse a los judíos. En Isaías 57:19, Dios habla paz al que está lejos, y Efesios 2:17 aplica esto a la predicación del Evangelio a los gentiles. Hechos 1:8 habla también de los confines de la tierra. Aunque es posible que Pedro no haya comprendido esto completamente hasta su experiencia en casa de Cornelio, se ve claramente que quedan incluidos los gentiles. También queda en claro que mientras Dios esté llamando seres humanos hacia sí, el bautismo en el Espíritu prometido seguirá a disposición de todos los que vengan a Él.
Lucas no recoge el resto del testimonio y la exhortación de Pedro. Pero en esta exhortación, es posible que Pedro haya estado ejercitando otro de los dones del Espíritu (Romanos 12:8). Pedro se convirtió en el instrumento a través del cual el Espíritu Santo llevó a cabo la labor predicha por Jesús en Juan 16:8.
La esencia de la exhortación de Pedro era que debían salvarse a sí mismos (o mejor, ser salvos) de esta perversa (malvada) generación. Es decir, debían apartarse de la perversidad y la corrupción de los que los rodeaban y rechazaban la verdad sobre Jesús. (Vea las palabras de Jesús en Lucas 9:41; 11:29 y 17:25.) No hay ningún otro antídoto a la perversidad y la corrupción de la sociedad contemporánea.
Los que recibieron (le dieron la bienvenida) a la palabra (el mensaje) de Pedro, testificaron entonces de su fe haciéndose bautizar en agua.
Por el Espíritu, también habían sido bautizados en el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). Dios nunca nos salva para que andemos solos y errantes. Por esto, los tres mil no se esparcieron, sino que permanecieron juntos, y perseveraban en la doctrina de los apóstoles (su enseñanza), en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
Con esto vemos que la nueva evidencia de su fe era este deseo persistente de recibir enseñanza. Al aceptar a Cristo y el don del Espíritu, se abrió para ellos una comprensión totalmente nueva del plan y los propósitos de Dios. Llenos de gozo, se sentían hambrientos y querían aprender más. Esto nos muestra también que los apóstoles estaban obedeciendo a Jesús al enseñar (hacer discípulos), tal como El había ordenado en Mateo 28:19. También nos muestra que el discipulado incluye esta especie de deseo ferviente por aprender más sobre Jesús y sobre la Palabra de Dios.
Había comunión en la enseñanza. No era simplemente el hecho de reunirse. Era compartir los propósitos de la Iglesia, su mensaje y su obra. Como en 1 Juan 1:3, la Palabra, tal como había sido testificada por la enseñanza de los apóstoles, creó esta comunión, una comunión que no sólo era con los apóstoles, sino también con el Padre y con el Hijo.
Algunos creen que la partición del pan sólo significa la Cena del Señor, pero también incluye la comunión en la mesa. No podían observar la Cena del Señor en el Templo, de manera que lo hacían en las casas, primeramente en relación con una comida (puesto que Jesús la había instituido al final de la cena de Pascua).
Seguramente se reunirían a diario en el Templo a las horas de oración, costumbre que todos seguían practicando, además de tener reuniones de oración en las casas.
La iglesia crece (2:43-47)
"Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y seriales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, " alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos."
El testimonio constante de los apóstoles sobre la resurrección de Cristo produjo un temor reverencial (que incluía un sentido de pavor en presencia de lo sobrenatural) en toda persona que oía. Esto se puso más de relieve aún por los numerosos prodigios y señales hechos por los apóstoles. (Esto es, hechos por Dios a través de los apóstoles.) El griego indica que eran agentes secundarios. El que hacía la obra realmente era Dios. (Compare con 1 Corintios 3:6.)
Más tarde, Dios haría milagros a través de muchos otros. Pero ahora, los apóstoles tenían la enseñanza de Jesús y el respaldo de que su fe había sido alentada por Él. Los milagros no eran para exhibición, sino más bien para confirmar la Palabra, la enseñanza. (Vea Marcos 16:20.) También ayudaron para que la fe de los nuevos miembros de la iglesia de Pentecostés se afirmara en la Palabra y en el poder de Dios. (Vea 1 Corintios 2:4, 5.)
Los creyentes permanecieron juntos y tenían todas las cosas en común (las compartían). Muchos vendían tierras suyas y propiedades personales; el dinero era distribuido a todos aquellos que tuvieran necesidades. "Según la necesidad de cada uno" es una declaración clave: no vendían las propiedades mientras no hubiera una necesidad.
Esto no era comunismo, en el sentido moderno de la palabra, ni siquiera vida comunal. Simplemente era el compartir cristiano. Todos se daban cuenta de la importancia de fundamentarse en la enseñanza de los apóstoles (que nosotros tenemos hoy en la Palabra escrita). Algunos de los que eran de fuera de Jerusalén se quedaron sin dinero pronto, así que los que pudieron, simplemente vendieron lo necesario para que se pudieran quedar. Más tarde Pedro aclararía que nadie estaba obligado a vender nada ni a dar nada (Hechos 5:4). Pero la comunión, el gozo y el amor hacían fácil compartir cuanto tenían.
De manera que el cuadro es el de un amoroso cuerpo de creyentes que se reunían unánimes a diario en el Templo con un mismo pensar, un mismo propósito, y compartían la comunión de la mesa en sus casas ("de casa en casa", por familias). Cada casa se convirtió en un centro de comunión y adoración cristiana. El hogar de la madre de Marcos era uno de dichos centros. Sin duda alguna, el hogar de María y Marta en Betania era otro. Jerusalén no tenía capacidad para una multitud así, y seguramente muchos se quedaban en los poblados de los alrededores.
La comunión en la mesa era muy importante también. Comían con regocijo (deleite y gran gozo) y con sencillez de corazón. No había celo, ni críticas, ni contiendas; sólo gozo y corazones llenos de alabanza a Dios. Podemos estar seguros de que la alabanza encontraría su expresión también en salmos, himnos y cánticos espirituales que salían de sus corazones (Colosenses 3:16).
La consecuencia fue que encontraron favor con todo el pueblo (de Jerusalén). Así el Señor seguía añadiendo día tras día a aquellos que habían de ser salvos. Podemos estar seguros también de que la Iglesia los aceptaría llena de gozo.
Debemos notar aquí que la última parte del versículo 47 no pretende hablar de la predestinación de las personas. La expresión griega es una simple declaración de que cada día eran salvos algunos, y de que los salvos eran añadidos a la Iglesia. Note también que no se presionaba fuertemente sobre los demás. Las personas veían el gozo y el poder y abrían el corazón a la Palabra, a la verdad sobre Jesús.
Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0
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Capítulo 03
Es frecuente que Lucas haga una afirmación general para dar después un ejemplo específico. En Hechos 2:43, declara que muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Ahora procede a dar un ejemplo para ilustrar lo dicho y al mismo tiempo mostrar cómo esto ocasionó un crecimiento mayor en la Iglesia.
En esta ocasión, Pedro y Juan subían la colina del Templo para entrar en él y unirse a los demás en la hora de oración vespertina, la hora nona (alrededor de las 3 p.m.). Al mismo tiempo, los sacerdotes ofrecían sacrificios e incienso.
Un regalo de sanidad (3:1-10)
"Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.
Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido."
Entre el patio de los gentiles y el patio de las mujeres había una bella puerta de bronce labrado, de estilo corintio, con incrustaciones de oro y plata. Era más valiosa que si hubiera sido hecha de oro puro.
En la Puerta Hermosa, Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo de nacimiento al que llevaban a diario y dejaban fuera de ella para que pidiera limosnas (regalos de caridad). Más tarde leemos que el hombre tenía más de cuarenta años. Jesús pasó por allí muchas veces, pero es evidente que el hombre nunca le pidió sanidad. También es posible que Jesús en la providencia divina y sabiendo los tiempos perfectos, dejó a este hombre para que se pudiera convertir en un testigo mayor aún cuando fuera sanado más tarde.
Cuando este hombre les pidió una limosna, Pedro, junto con Juan, fijó sus ojos en él. Qué contraste este momento con los celos que los discípulos se mostraban mutuamente antes (Mateo 20:24). Ahora actúan en conjunto, en completa unidad de fe y de propósito. Entonces Pedro, como vocero, le dijo: "Míranos". Esto hizo que el hombre pusiera toda su atención en ellos, y suscitó en él la esperanza de recibir algo.
Sin embargo, Pedro no hizo lo que él esperaba. El dinero que tenía, muy probablemente ya se lo había dado a los creyentes necesitados. Pero sí tenía algo mejor que darle. Su declaración: "No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy", exigió fe de su parte. No hay duda de que lo dijo bajo el impulso del Espíritu Santo, que le había dado un regalo (un don) de sanidad para este hombre (1 Corintios 12:9, 11).
Entonces Pedro, en forma de mandato, le dijo: "En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda". Al mismo tiempo, puso su fe en acción, al tomar al hombre por la mano derecha y levantarlo. Inmediatamente, los pies y los tobillos de aquel hombre recibieron fortaleza (se le afirmaron). Es muy posible también que la fe de aquel hombre recibiera una sacudida al ser mencionado el nombre de Jesús, Mesías de Nazaret. Quizá alguno de los tres mil que fueron salvos en Pentecostés ya le había testificado. Con seguridad habría oído de otros que habían sido sanados por Jesús.
Cuando los pies y los tobillos de aquel hombre se llenaron de fortaleza, Pedro no tuvo que seguirlo levantando. El hombre saltó, se puso en pie por un instante y comenzó a caminar. Puesto que era cojo de nacimiento, nunca había aprendido a caminar. No hay sacudida psicológica capaz de realizar esto.
Ahora que el hombre estaba sanado, podía entrar al Templo. Puesto que no se les permitía a los impedidos entrar, ésta sería la primera vez en su vida. Entró caminando normalmente con Pedro y Juan, daba unos cuantos pasos y saltaba de puro gozo, gritando continuamente las alabanzas de Dios. Dios lo había tocado y no podía contener el gozo y la alabanza.
El versículo 11 indica que todavía sostenía la mano de Pedro, y también tomó la de Juan. Qué escena tan maravillosa debe haber sido la del hombre aquel que entraba caminando y saltando en el patio del Templo, y arrastrando a Pedro y a Juan consigo.
Toda la gente que lo veía, lo reconocía como el hombre que había nacido cojo y estaba siempre sentado pidiendo limosna en la Puerta Hermosa. Por consiguiente, su sanidad los llenó de asombro (no la palabra ordinaria, sino otra que está relacionada con el terror) y de espanto (implica también perplejidad). Estaban atónitos y sobrecogidos.
El autor de la vida (3:11-21)
"Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. Así que, arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo."
Ya en este momento, el inválido sanado, todavía tomado de las manos con Pedro y Juan, se hallaba en el Pórtico de Salomón, un pórtico techado que se hallaba a un lado del patio del Templo. Desde todos los patios del Templo, la gente corría y se aglomeraba para verlos. Fácilmente pueden haberse reunido diez mil personas en el Templo a la hora de la oración.
Esta era la oportunidad que esperaba Pedro, y respondió con prontitud a las preguntas sin formular que se veían en sus caras maravilladas. Su mensaje sigue el mismo esquema general dado por el Espíritu en el día de Pentecostés, pero adaptado a esta nueva situación.
Dirigiéndose a ellos como a "varones israelitas" (era la costumbre, aunque había mujeres en la multitud), les preguntó por qué se maravillaban de esto y por qué ponían sus ojos en él y en Juan, como si la capacidad de aquel hombre para caminar tuviera su fuente en el poder o la piedad (santidad) de ellos.
A continuación, Pedro dio testimonio de Jesús. Aquel a quien las Escrituras describen como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de sus padres (Éxodo 3:6, 15), había glorificado a su Hijo (Siervo) Jesús.
Nuevamente les recuerda que eran responsablesb por el arresto de Jesús y por haberlo negado ante Pilato, aun cuando éste había decidido ponerlo en libertad. Aquel a quien habían negado era el Santo y Justo. Nuevamente, está haciendo una referencia al Siervo sufriente de Isaías (Isaías 53:11; cf. Zacarías 9:9). Pero se habían apartado de El tan completamente, que habían pedido que se les liberara a un homicida en su lugar. (Vea Lucas 23:18, 19, 25.)
Eran culpables de la muerte del Autor de la vida. ¡Qué contraste! Le habían dado muerte a Aquél que les había dado vida a ellos. La palabra griega traducida Autor es arjegón, una palabra que generalmente significa originador, fundador. En Hebreos 2:10 y 12:2 también está traducida como autor. Se refiere a la participación de Jesús en la creación Juan 1:3 dice de Jesús, la Palabra viva: "Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho." En otras palabras, el Jesús preencarnado era la Palabra viviente que pronunció los mundos y existieron, y por medio de El, Dios inspiró la vida en el hombre que había formado (Génesis 2:7). Este Jesús, la fuente misma de la vida, y por tanto, de la sanidad, era el que ellos habían matado. Pero Dios lo había levantado de entre los muertos. Pedro y Juan habían sido testigos. La sanidad de aquel hombre también era testimonio de que Jesús estaba vivo.
Note la repetición del Nombre en el versículo 16. Por la fe (fundado en la fe, con base en la fe) en su Nombre, este hombre que ustedes ven y conocen, su Nombre lo ha hecho fuerte. Y la fe que es por (a través de) Él (Jesús) le ha liberado de su defecto corporal en presencia de todos ustedes.
El Nombre, por supuesto, se refiere a la personalidad y naturaleza de Jesús como el Sanador, el gran Médico. La sanidad apareció al haber fe en Jesús y en lo que El es. Pero no era la fe de ellos en sí misma la que había obrado la sanidad. Era el Nombre, esto es, el hecho de que Jesús es fiel a su naturaleza y personalidad. Él es el Sanador. Claro que la fe había tenido una gran participación, pero era la fe por medio de Jesús. La fe que el mismo Jesús les había impartido (no sólo a Pedro y a Juan, sino también al hombre) le dio libertad completa de su defecto a este hombre lisiado delante de sus propios ojos. Jesús había sanado al cojo; todavía estaba sanando a los lisiados a través de sus discípulos.
Pedro añade que sabía que por ignorancia, ellos y sus gobernantes habían matado a Jesús. Pablo confesaría más tarde que él perseguía a la Iglesia por ignorancia y en incredulidad (1 Timoteo 1:13). Esto quiere decir que ellos no sabían en realidad que Jesús fuera el Mesías, ni tampoco que fuera el Hijo de Dios. Esta ignorancia no hacía menor su culpa. Hasta en el Antiguo Testamento siempre había perdón disponible para los pecados hechos en ignorancia. Jesús mismo exclamaría: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).
Los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron también el cumplimiento de profecías que Dios había revelado por la boca de todos sus profetas; esto es, por el cuerpo de profetas en pleno. Su mensaje total, tenía uno de sus focos en la muerte de Cristo. Así y todo, esto no hacía menor la culpa de los jerosolimitanos tampoco.
Como en el día de Pentecostés, Pedro los exhortó entonces al arrepentimiento, al cambio de pensamiento y de actitudes con respecto a Jesús. Que se convirtieran (se volvieran hada Dios) para que sus pecados (incluso el pecado de rechazar y matar a Jesús) fueran borrados (limpiados, tachados, destruidos) y para que vinieran de la presencia (faz) del Señor tiempos (estaciones, ocasiones) de refrigerio. A quienes se arrepintieran. El les enviaría el Mesías Jesús designado para ellos, que los cielos debían recibir hasta los tiempos de la restauración (restablecimiento) de todas las cosas, de las que habló Dios por la boca de sus santos profetas desde tiempo antiguo (desde el comienzo de la edad). Esta última expresión es una paráfrasis que podría significar "desde la eternidad" o "desde el principio de los tiempos". El sentido es "todos los profetas que han existido".
Gracias a este pasaje vemos que el arrepentimiento y la conversión hacia Dios, no sólo traen consigo que los pecados son borrados, sino también tiempos de refrigerio que nos da el Señor. No tenemos que esperar hasta que Jesús regrese para poder disfrutar de estos tiempos. El pasaje indica, especialmente en el texto griego, que podemos tenerlos ahora, y hasta el momento en que Jesús venga.
Son demasiados los que ponen toda su energía en advertencias sobre los peligrosos tiempos que se avecinan y en la declaración de que habrá caídas (2 Timoteo 3:1; 2 Tesalonicenses 2:3). Estas cosas llegarán. Las caídas, por supuesto, pueden ser caídas espirituales, aunque la palabra griega significa de ordinario revueltas, revolución y guerra. Aunque las advertencias son necesarias, el cristiano no tiene por qué hacer de esto el punto central de su atención. El arrepentimiento (cambio de pensamiento y de actitud) y la conversión hacia Dios, seguirá trayéndonos tiempos de refrigerio desde la presencia misma de Dios. El día de la bendición espiritual, el día de los milagros y del avivamiento no ha pasado. En medio de tiempos peligrosos, aún podemos poner nuestros ojos en el Señor, y recibir derramamientos refrescantes y poderosos de su Espíritu.
Los tiempos de restauración son una referencia a la edad por venir, el Milenio. Entonces Dios restaurará y renovará, y Jesús reinará personalmente sobre la tierra. La restauración profetizada incluye un nuevo derramamiento del Espíritu en el reino restaurado.
Algunos sacan de contexto la restauración de todas las cosas, y tratan de hacer que incluya hasta la salvación de Satanás. Pero "todas las cosas" es una expresión que debe ser tomada junto con otra: "que habló Dios". Sólo aquellas cosas que ha sido profetizado que serán restauradas, lo serán realmente.
Los profetas también señalan que el reino llegará a través del juicio. Daniel 2:35, 44, 45 presenta la imagen de Babilonia, que representa todo el sistema mundano desde Babilonia hasta el final de los tiempos. Hasta que no sea golpeada en el pie (en los últimos días de esta época), el presente sistema mundial no será destruido y reducido a polvo. Hasta lo bueno que haya en el sistema mundial actual tendrá que ser destruido para dar paso a las cosas mejores del reino futuro, que llenará la tierra después de que Jesús venga de nuevo.
No sabemos cuándo sucederá. Pero lo importante es que no tenemos que esperar a que venga el Reino para experimentar las bendiciones y el poder de Dios. El Espíritu Santo nos trae las arras, un primer anticipo de las cosas por venir. Y podemos tener estos tiempos de refrigerio prometidos aun ahora, si cumplimos con las condiciones del arrepentimiento y la conversión hacia Dios.
Un profeta como Moisés (3:22-26)
"Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, corno a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente. Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad."
Ahora Pedro regresa a Moisés y cita Deuteronomio 18:18,19, donde Dios promete levantar un profeta como él. (Vea también Levítico 26:12; Deuteronomio 18:15; Hechos 7:37.) Esta era la promesa en la que pensaban también los que le preguntaron a Juan el Bautista si él era "el profeta" (Juan 1:21, 25). Algunos opinan que Deuteronomio tiene un cumplimiento parcial en Josué (un hombre en el que está el Espíritu; Números 27:18), Samuel y la línea de profetas del Antiguo Testamento. Pero tuvo su cumplimiento total en Jesús.
¿En qué aspectos era Jesús como Moisés? Dios usó a Moisés para instaurar el Pacto Antiguo; Jesús trajo el Nuevo. Moisés sacó a la nación de Israel de tierras de Egipto y la llevó a Sinaí, donde Dios la atrajo a sí mismo (la hizo entrar en una relación de pacto con El). (Vea Éxodo 19:4.) Jesús se convirtió en el camino nuevo y viviente por el cual podemos entrar en lo más santo de la presencia misma de Dios. Moisés le dio a Israel el mandato de sacrificar un cordero; Jesús es el Cordero de Dios. Moisés fue usado por Dios para realizar grandes milagros y señales; Jesús realizó muchos milagros y señales; más, pero la mayoría eran señales de amor, más que de juicio. (Vea Hebreos 3:3-6, donde se proclama la superioridad de Cristo con respecto a Moisés.)
Moisés le advirtió al pueblo que sería desarraigado todo aquel, que no recibiese y obedeciese a este Profeta. O sea que, aunque Dios es bueno, hay un castigo para aquellos que no se arrepientan. Pedro hizo hincapié en el significado de la advertencia de Moisés. Serían desarraigados del pueblo. Esto es. Dios no destruiría a su pueblo como tal sino que serían los individuos los que se podrían perder.
Samuel fue el más grande de los profetas después de Moisés (1 Samuel 3:20). Desde aquel momento, todos los profetas hablaron de estos días, o sea, de los días de la obra que Dios realizaría a través de Cristo. Aunque algunos no hayan dado profecías específicas en sus escritos, todos dieron profecías que señalaban hada estos días, o preparaban para ellos.
Los judíos a los que Pedro se estaba dirigiendo, eran los descendientes verdaderos de los profetas, herederos también del pacto abrahámico con su promesa de que en la simiente de Abraham (Cristo) todas las familias de la tierra serían bendecidas (Génesis 22:18; Calatas 3:16).
Esa bendición prometida a todas las familias de la tierra, llegó en primer lugar a estos judíos de Jerusalén. ¡Qué privilegio! Sin embargo, no se trataba de un favoritismo por parte de Dios. Era su oportunidad para recibir la bendición arrepintiéndose y apartándose de sus pecados (obras malas o perniciosas). También era una oportunidad de poder servir.
En realidad, alguien tenía que ser el primero en llevar el mensaje. (Compare con Romanos 1:16; 2:9, 10; 3:1, 2.) Pablo siempre iba a los judíos primero, porque ellos tenían las Escrituras y la cultura, y conocían la Promesa. Pero no podían llevar el mensaje y la bendición a los demás, sin arrepentirse primero y experimentar la bendición en ellos mismos. Dios había preparado a los judíos para esto. Todos los primeros evangelistas (esparcidores de las Buenas Nuevas) eran judíos.